Gil cerraba la semana con poca esperanza en las alforjas de su vida. Oh, sí. Caminó sobre la duela de cedro blanco sin olvidar la nueva plaza de la Noche Victoriosa que sucede a la de La Noche Triste por órdenes del gobierno de la ciudad. Los libros no vinieron a él, él fue a los libros. Primero que nada: José Luis Martínez: Hernán Cortés (FCE / UNAM, 1990); luego, Hernán Cortés. Inventor de México (Tusquets, Tiempo de Memoria, 2002) de Juan Miralles; y uno más: Christian Duverger: Vida de Hernán Cortés. La espada. La Pluma (Taurus, 2009). Gil presentó ayer en esta página del fondo un párrafo de Hugh Thomas. En su Conquista de la nueva España, Thomas ni siquiera se detiene en la Noche Triste pero cuenta sí la cruenta huida de españoles y tlaxcaltecas de la ciudad cuando se vieron asediados. Tres días atrás, Moctezuma había muerto y Cortés quedaba sin ese escudo humano. Gilga va ahora a las páginas de estos biógrafos del conquistador.
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José Luis Martínez cuenta esto: “Dos jóvenes capitanes indios, Cuitláhuac, señor de Iztapalapa, y Cuauhtémoc, señor de Tlatelolco, hermano y sobrino de Moctezuma, y que serán los últimos señores de México-Tenochtitlán, encabezan la nueva decisión indígena de lucha sin cuartel y ya no de renuncia fatalista. (…) Cortés decide la salida de la ciudad de México la noche del 30 de julio de 1520 por la ruta más corta hacia la tierra firme. (…) Un soldado llamado Blas Botello, nigromante o astrólogo, había predicho que si en aquella noche no salían de México todos perecerían. (…)”.
Cuenta Martínez que una vez descubiertos se inició el encarnizado ataque en la calzada y por ambos lados de ella. En la cortadura de Tecpantzinco, al fin de la isla (Tacuba y San Juan de Letrán), “el puente movible se hundió en el fango, no pudieron removerlo y los mexicas lo utilizaron del todo, por lo que la retaguardia con Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, quedó cortada. La cortadura de Toltecacalli, acabó por llenarse de muertos y despojos y fue el lugar de la mayor matanza. (…) De la retaguardia, formada toda con soldados de Narváez, sólo sobrevivieron Alvarado, muy mal herido, y cuatro soldados más. Más de ochenta habían perecido, entre los que se contaban Juan Velázquez de León, Francisco Saucedo, y Francisco de Morla. Cuando lo supo a Cortés ‘se le saltaron las lágrimas de los ojos’, cuenta Bernal Díaz para dar origen a la leyenda del llanto al pie del ahuehuete de Popotla”.
Leyó usted bien: una leyenda.
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Por su parte, Miralles escribe: “Por Popotla, ya en tierra firme, pasaron a todo correr; por tanto, no hubo ocasión para que Cortés se sentara bajo la fronda de un ahuehuete, como quiere una tradición tardía. Llegaron a Tacuba. Todavía estaba oscuro y comenzaron a arremolinarse en la plaza. La confusión era tan grande que la mayor parte no sabía qué hacer. Cortés, que iba y venía por la calzada auxiliando a los rezagados, llegó allí para hacerse cargo. Puso orden, y en cuanto tuvo reunidos a los que consiguieron salir, los hizo proseguir la marcha. (…) Gomara asegura que la huida de México, esta ‘noche triste’ (allí acuñaría el término), fue el 10 de julio, error que Bernal repetirá, y al cuál Cortés viene a oponer un desmentido, cuando su carta, redactada a poco más de tres meses de los sucesos, informa sobre la llegada Tlaxcala: ‘y así salimos este día que fue domingo 8 de julio, de toda la tierra de Culúa, y llegamos a tierra de la dicha provincia de Tlascaltecatl’”.
Leyó usted bien: una tradición tardía e imposible.
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Duverger, en cambio sí ve a Cortés bañado en llanto al pie del árbol: “Casi todos los hombres de Narváez, murieron víctimas de su codicia y de su inexperiencia: ‘Por manera que los mató el oro –comenta Gomara– y murieron ricos’. (…) Cuatro mil guerreros tlaxcaltecas también pagaron el precio del combate, creando una profunda herida entre sus aliados. ¿Con qué fuerzas cuenta ahora Cortés? Su artillería está en el fondo del agua, succionada por las arenas movedizas. Ha perdido a ochenta de sus caballos. Cortés, bajo su árbol, llora”.
Ciertamente Duverger se encuentra al borde de la ficción, de la novela.
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Como todos los viernes de pandemia, Gil toma la copa con dos amigos verdaderos. Mientras sirve personalmente el Glenfiddich15 repite las palabras de Francisco de la Maza: “A Cortés, como toda personalidad, no hay que elogiarlo sin más ni más, ni insultarlo sin menos ni menos. Hay que explicarlo”.
Gil s’en va
Gil Gamés
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