Él dedicó su vida a tratar de cambiar el miedo por el amor; la gente vivía esclavizada por añejas creencias y dogmas que dibujaban a Dios como un ente colérico y vengativo que vigilaba cada error y cada equivocación que la gente cometía. Pero no lo entendieron; fundamentalmente porque no conocían esa visión de un Padre amoroso y cercano. Esa idea nueva chocaba y sonaba incluso blasfema, porque creían en un Dios distante y enérgico, dispuesto a condenar al sufrimiento del fuego eterno a quien desobedeciera.
Él les mostró que creer tales cosas era no conocer a Dios; pero su miedo a lo desconocido era más grande que su esperanza de entender el amor. Y la vida eran ritos y prácticas buscando complacer a una entidad que no guarda relación con la Nueva Revelación que estábamos recibiendo. La visión de la Divinidad era principalmente de miedo, no de amor. Por eso muchos no lograron abrir sus ojos a la Nueva Visión.
Él les mostró con el diario ejemplo que la manera de conocer y sentir a Dios era a través del ejercicio del amor: servir a los demás, ayudar a los desvalidos, perdonar a los que nos lastiman, dejar la soberbia atrás para ejercer la humildad. Él fue la viva encarnación de la humildad y la sencillez. Jamás fue pretencioso ni buscó idolatría ni adoración. Él predicaba la confianza en el Padre amoroso. Él servía y se entregaba a los demás, y eso era más valioso e importante que pasar largas horas repitiendo frases vacías y golpeándose el pecho. Era más importante amar y servir que aquellas viejas y retorcidas prácticas de sacrificio y rituales sin sentido, que casi nadie entendía, pero que repetían sin cesar solo porque lo aprendieron por imitación desde que eran niños. Era una fe ciega y sin sentido, y Él les hablaba de una Fe Viva basada en las acciones.
Han pasado más de dos mil años, y habría que preguntarnos si por fin le entendimos o hemos elegido abrazar la ceguera como lo hizo su pueblo en aquellos años.
Si observamos el actual panorama en que vivimos, brutalmente desprovisto del amor y del servicio a otros, sería altamente probable que, si volviera a nacer en esta época, correría con la misma suerte: porque tampoco lo entendimos.