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Viernes , 26.04.2019 / 08:09 Hoy

Nefelibata

TRADICIÓN Y VANGUARDIA

Flavio Becerra

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La gente ya no discute como asunto de trascendencia la superioridad de los dibujos a lápiz o de los realizados con plumilla metálica y tinta china, ni cuál cosa es superior, la del carboncillo o la sanguina. Estas maneras de trabajar las artes gráficas tienen tantos años practicándose y están tan asimiladas que tendemos a aceptarlas pasivamente, de tal manera que ya olvidamos que cada una corresponde a distintos momentos históricos y, por consiguiente, a diferentes estados del desarrollo fabril.

Podemos considerar también que cada uno ha presentado distintos estados de su evolución: los grafitos de los lápices actuales no se fabrican igual a los de hace cien años.

En el caso de la pintura la invención del óleo supuso un avance revolucionario con respecto de su antecesor el temple. A partir de entonces la manufactura de un cuadro pudo ser más pausada, los colores pudieron aplicarse en capas superpuestas para conseguir veladuras, realizar cambios y correcciones en etapas posteriores y un sinfín de ventajas más.

Ya nadie discute acaloradamente sin que resulte ocioso si un cuadro al óleo es mejor que uno al temple juzgando nada más el material con el que se realizó: son distintos y el que un autor adopte una u otra técnica corresponde en resumidas cuentas a una elección personal

La resistencia a las tecnologías nuevas es recurrente en algunos casos, como ocurrió por ejemplo hace dos décadas cuando se dio el salto de la fotografía análoga a la digital. Es claro que apoyada por la oferta de artículos electrónicos como los teléfonos inteligentes y sobre todo por las redes sociales, esta última ha ganado la batalla.

Por contraparte, en muchas Bienales y concursos se siguen presentando múltiples obras trabajada en las técnicas más antiguas y artesanales, como son los daguerrotipos, la goma bicromatada, la cianotipia y muchas otras más. Junto al avance de la tecnología que se comercializa a escala global viene como reacción paralela una revaloración y rescate de todos estos antiguos procesos.

Desde luego la situación se torna más compleja cuando lo que se discute no es solo el asunto material sino el de los contenidos y significados de las obras. Este Siglo XXI lleva casi dos décadas y en apariencia aún no termina por mostrar el rostro de su propia revolución en el arte.

En 1900 por ejemplo Picasso ensayaba con un neoimpresionismo a la manera de Tolousse Lautrec y se encontraba muy lejos de soñar siquiera con que apenas cinco años después iba a crear (encontrar, diría él) al Cubismo. Y aunque el Cubismo constituyó la gran revolución visual de los últimos siglos, no debemos olvidar que, por ejemplo, en Las Señoritas de Avigñón, Picasso trabajó con una técnica tradicional como lo es el óleo y abordando el que quizá sea el más manido tema de la figuración: el desnudo femenino.

Y apenas seis años después del gran rompimiento cubista se dieron las aportaciones de Marcel Duchamp, quien sentó las bases de lo que ahora conocemos como Arte Conceptual, es decir, la respuesta a los cambios impuestos en el mundo del arte por la era industrial. La ruptura conceptual de Duchamp fue tan tajante que la inmensa mayoría de las obras que se circunscriben dentro de lo que hoy llamamos arte conceptual o son copias o parecen imitaciones de la obra de este autor.

Aunque no lo parezca en lo inmediato y pese a su aparente modernidad, cuando hablamos de memorias digitales, raves, internet, arte conceptual, música electrónica y otras manifestaciones, estamos hablando de invenciones que fueron creadas y desarrolladas en su mayoría en el Siglo XX, es decir, en el siglo pasado.

Con toda seguridad todas las cosas que en la actualidad consideramos de suma modernidad no sean más que los primeros pasos de un muy largo y prometedor desarrollo de muy ricas posibilidades. Quizá no falte mucho para ver propuestas en verdad revolucionarias y encontrar soluciones y caminos que hoy en día no alcanzamos a imaginar.

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