Si el PRI persiste por la misma ruta acabará siendo el PARM de Morena. Su fragilidad política le impide plantarse como partido de oposición y de allí iniciar un largo periplo que lo lleve a recuperar algo de lo mucho perdido. AMLO es popular, Morena no y eso a largo plazo es una oportunidad. El PRI se volvió antivalor a grado tal que tuvo que presentarse con un candidato presidencial “ciudadano” y tal parece que su tarea de ahora es administrar su agonía. Las elecciones en puerta serán justa medida de su nueva circunstancia.
El PRI deberá hacer dos cosas: resolver su pasado e iniciar la recomposición que le permita obtener una digna identidad. Luis Donaldo Colosio decía en aquel memorable discurso en el aniversario del PRI, a semanas de que lo asesinaran, que los proyectos autoritarios son los que viven de su historia y no de la representación de la sociedad. El problema para el PRI es que muera por su historia, no la lejana, sino la reciente. Su referencia es la corrupción y su nombre es Carlos Salinas; Peña Nieto y muchos gobernadores que, ahora en desgracia, sucumbieron a la seducción salinista. Allí están las consecuencias.
El futuro del PRI pasará por la manera con la que habrá de resolver la competencia por la dirigencia nacional. Así le sucedió cuando Madrazo y Elba Esther, de manera tramposa, le ganaron a Beatriz Paredes y Javier Guerrero; la elección se decidió por la abultada y espuria votación en Tabasco y Oaxaca. Allí inició la debacle. En 2006 el PRI se volvió marginal en la disputa por la Presidencia. El poder se trasladó a los gobernadores y por primera vez uno de ellos, Peña Nieto, en 2012 ganó de manera contundente la elección presidencial.
El PRI vivió el experimento democrático más exitoso hace veinte años al seleccionar candidato presidencial y el PAN en ese mismo entonces padeció el retroceso más severo en su democracia interna al hacerse Fox de la candidatura presidencial. Labastida no solo no capitalizó esa condición, sino que creyó que el proceso interno había dividido al partido y a él lo había debilitado. No fue así, pero así lo supuso y eso generó las condiciones de su propia derrota. Fue un error cambiar a González Fernández, después de Colosio uno de los mejores dirigentes que ha tenido el PRI.
El tricolor deberá optar por un proceso democrático para definir su nueva dirigencia nacional. La cuestión es que la democracia requiere una organización que el PRI ya no tiene, además de una inversión con dinero que tampoco tiene. Un proceso democrático mal llevado, como le ocurrió al PRD en varias ocasiones, no legitima y sí debilita.
El PRI tiene la solución a la vista: debe pedirle al INE que apoye su elección con el sistema utilizado para la acreditación de adhesiones de los candidatos independientes, esto es, con el uso de una aplicación para teléfono móvil. La autoridad electoral tiene el padrón partidario, la estructura territorial y la tecnología para que, a través de un proceso confiable, verificable y transparente se dé expresión democrática a los priistas sobre quién debe ser su dirigente.
Con ello el PRI se pondría a la vanguardia en la modernización de los procesos internos, talón de Aquiles de todos los partidos, particularmente del Morena, que solamente puede seleccionar candidatos por aclamación. La manipulación de encuestas hechas en lo oscurito ha adquirido expresiones vergonzosas como ocurrió en Baja California con la defenestración de Jaime Martínez Veloz.
Al PAN y al PRI los debilitó la selección de su candidato presidencial, no fue un problema de las personas, sino del método. Ahora, en la nueva coyuntura el PRI podría ganar ventaja respecto a sus adversarios. Es una decisión audaz y a la altura de lo que deben ser los partidos modernos, obligada por la circunstancia y el triste porvenir que se le avecina de no romper con la inercia que su cúpula le ha impuesto.
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