En la impronta de lo que ya es una crisis humanitaria en México, como mujer no me declaro partidaria de utilizar la violencia para combatirla. Opinarán entonces las “feministas” que salieron a la calle a protestar el viernes pasado que no he padecido agresiones. Falso. Los familiares de víctimas somos partidarios de que no continúe propagándose una furia carente de escrúpulos y colectiva. Catherine Millet (Francia, 1948), con un cartesianismo admirable aplicado a lo largo de su trayectoria, admite que en la sociedad occidental poco queda por hablar del patriarcado y Diamela Eltit (Chile, 1949) la califica de palabra vacía.
Ninguna de ambas autoras, relevantes en el panorama internacional al ser escritoras pero además por tener una postura ante la lucha que empezó en oposición a la discriminación general y ha devenido de género, osarían sugerir algún tipo de agresión. La marcha dejó un monumento histórico, testigo de otras causas, dañado con grafitis a manera de leyendas, encomiendas que fracasan en la inmediatez de perpetrarse: “no es arte, es Estado” y “la patria mata”.
“El Ángel de la Independencia tiene arreglo”, sí, y los abusos no habrá manera de revertirlos. De acuerdo. Pero ese análisis reduccionista no viene al caso. “Los derechos son conquistados”, la lógica de tal analogía está viciada. La falta en la visión parece selectiva. Descontinuar la impunidad requiere evitar cualquier agravio; llevará sexenios abolir la situación actual del país, empezando por implementar políticas públicas. Nuestras generaciones heredaron deudas que pagar.
Mecanismos de defensa y estrategias en seguridad nacional, no dependen de la buena voluntad del gobierno o de la ciudadanía, tampoco el acabar con los delitos. La mayoría de la población niega o ignora que hay un estado de derecho perdido el cual precisa recuperarse. Los problemas ideológicos entre las mujeres que impugnan contra “el hombre” resultan varios, empezando con la idea de que sufren más. Desde luego, la vulnerabilidad histórica funge de derrotero para el aislamiento y la segregación. Evocar un discurso implica proponer un diálogo, sin embargo la tendencia deviene inquisitiva entre perseguidor y perseguido. La justicia se pronuncia.
Virginia Woolf, reina en la poesía de punta a punta de libro, da un consejo sensato: “(…) debes iluminar tu propia alma, sus profundidades y frivolidades, sus vanidades y generosidades, y decir lo que significa tu belleza y tu fealdad, y cuál es tu relación con el mundo siempre cambiante”.