Entre las trágicas noticias que anuncian muertes, el fallecimiento del escritor Rubem Fonseca (1925-2020) acaeció sin los honores que merece. La contingencia a escala mundial amenaza devastar como una batalla bélica, pero careciendo de armas y blancos en la mira. A pesar de esta inconmensurable crisis sanitaria continúan dándose disputas comerciales y afrentas políticas. Los prisioneros (editorial El Cuenco de Plata) promueve una tradición literaria influida en estilo por Thomas Pynchon, Machado de Assis y Clarice Lispector. El título alude al conjunto de personajes que libres son presos en sí mismos.
Aunque las narraciones de Fonseca pretenden tener nulo contacto con lo real, imitan algunas anécdotas, por ejemplo, la del asesino de viudas Henri Landru, que Chaplin y Chabrol personificaron en el cine. Ignorando la fastuosidad de quienes procuran que el escritor evite palabras vulgares preserva el lenguaje soez en su más fina expresión. Cada cuento relata lo irremediable de una sociedad que, empecinada en distinguirse, logra alienarse.
Ordenando los acontecimientos: un grupo de psicoanalistas estudiosos de Fromm inventa en el paciente patologías con tendencia gregaria, haciéndolo sentir inseguro para darle elementos con que soportar su angustia; un joven busca empleo carente de curriculum vitae: él únicamente sabe tocar el bongó; una chica es ejecutada y los amantes se conocen durante la autopsia, y un fisicoculturista prefiere vender sangre a prostituirse.
Sin embargo, apartando la miseria, hay historias de bondad, por ejemplo la del censista que propone al suicida seguir viviendo antes que sucumbir. Desde la literatura “ácida, autobiográfica, crítica, obscena y solipsista”, Fonseca consolida el cuento, volviéndose maestro universal de la ficción brasileña.
@erandicerbon