“Me equivoqué en dos campañas presidenciales —me dijo Andrés Manuel López Obrador cuando, en 2018, íbamos de Ciudad Victoria a Monterrey—: sostuve que la causa principal de la desigualdad eran el capital y la plusvalía en un país donde muchos aspiran a hacerse de un capital y tener su plusvalía. Hoy —me dijo volteando a ver directamente a la cámara— vamos a ganar porque ubico a la corrupción, y llamo a combatirla, como la causa de todos nuestros males”. Tenía razón. Esta ruptura epistemológica con el discurso de la izquierda logró que, a esa lucha, sabiéndose incluidos en un movimiento que propone “por el bien de todos” poner primero a los pobres, se unieran mexicanas y mexicanos de todas las culturas, ideologías, credos y clases sociales, y por fin fuimos los suficientes para sacar del poder al régimen neoliberal.
Profundizar esta ruptura, producir herramientas conceptuales para definir el movimiento de la 4.ª transformación, que concibe “como un triunfo del pueblo en defensa de sus derechos y garantías”, definir nuestra posición en la lucha contra la derecha neofascista, es la tarea que, combinando pensamiento y acción, asume la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. “¿Qué somos nosotros? —se pregunta ante el colapso de gobiernos, partidos y movimientos progresistas en el mundo—. Ni siquiera hablemos de izquierda; somos humanistas para no catalogar con otros adjetivos. Somos humanistas y somos mexicanos”. De las luchas y anhelos de nuestro pueblo, de los 4 amores que, según ella, tenemos las y los mexicanos: el amor al prójimo, a la familia, a la naturaleza y a la patria. De los valores de los pueblos originarios y de las grandes civilizaciones se nutre esta manera de luchar —“con resultados palpables”— por la paz, la justicia, el bienestar y la prosperidad compartida.
Que “el siguiente en la lista es México”, dicen frotándose las manos en la derecha. “Que si cae Brasil nos quedaremos solos”, dicen con miedo otros. “Que debemos aprender la lección”, pontifican los analistas. Sueñan unos, se equivocan los otros, no se dan cuenta los últimos de que es de México del que tienen mucho que aprender los movimientos que, aferrados a dogmas, al “necesariato”, al discurso estridente que saca a multitudes a las calles y las ahuyenta de las urnas, caen uno tras otro ante el embate de la ultraderecha en el mundo. “El que va en punta va solo, pero abre camino”, se decía en la guerrilla, y de eso se trata: de que a este México que se transforma le toca abrirle de nuevo paso a la esperanza en el mundo.
