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Sábado , 20.04.2019 / 10:15 Hoy

Verdad amarga

En defensa de la Conquista

Enrique Sada Sandoval

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Cuando el historiador Christian Duverger tuvo el valor—bastante escaso en los historiadores mexicanos a sueldo del sistema político—de publicar La flor letal. Economía del sacrificio azteca, muchos imaginaban lo revelador y demoledor que sería por su contenido, como el mismo refiere:

“Uno de los pasaje más fascinantes de la Historia de la Conquista de la Nueva España es el momento en que Cortés, junto con Moctezuma suben a la gran pirámide. 

Al llegar arriba sucede algo inesperado: después de que Moctezuma le ha mostrado el lugar, Cortés pierde el control de sus nervios al ver los pedazos de cuerpos humanos regados por el piso, colgados de las paredes y sentir el hedor de putrefacción que domina el lugar. Cortés grita, tira algunos de los ídolos y baja corriendo.

El fragmento es significativo por varias razones, pero ante todo por presentar el único momento de debilidad de Cortés. El español no era de cera, pero lo que observó superaba todo lo imaginable y soportable. 

El pasaje debe entenderse como sinécdoque particularizante para el sentimiento que provoca hasta el día de hoy el conocimiento de lo que fue la tribu de los aztecas. 

Nuestras investigaciones han avanzado, y especialistas han revisado y cotejado las fuentes. Hoy sabemos que los sacrificios humanos y la antropofagia no eran algo excepcional sino que toda la economía y la sociedad azteca se sustentaba sobre el canibalismo”.

Así pues, el investigador galo comprueba como en tanto otras tribus o etnias la economía se diversificaba en el cultivo, la recolección y la producción artesanal, la economía de los tenochcas se sustentaba en el asesinato y la antropofagia que, lejos de ser algo esporádico como venden los indigenazis y oficialistas para relativizar el crimen, era lo diario. 

 De hecho, a una cuadra del zócalo en la capital del país, en lo que hoy es el Palacio de Hierro, se encontraban las carnicerías donde los aztecas tenían a sus víctimas en jaulas antes de matarlas para vender su carne a otros.  

Nunca en la historia de la humanidad alguna etnia despreció el tabú contra la antropofagia a grado tal de sustentar a su sociedad sobre la misma: sin duda una pesadilla para todas las tribus esclavizadas por los aztecas, quienes se organizaron en millares con un puñado de españoles, a los que prácticamente adoptaron como iguales, para liberarse de la tiranía y de la muerte, fundando así un nuevo pueblo mestizo del que nacería México hasta 1821.

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