Durante la reciente edición del Hay Festival en Dallas, llevado a cabo en colaboración con la magnífica librería The Wild Detectives, tuve la oportunidad de conversar con el escritor estadunidense Ben Fountain a propósito de su novela más reciente, Rasputin Swims the Potomac. Fountain es el autor de una de las novelas consideradas más emblemáticas acerca de la guerra de Irak, El largo intermedio de Billy Lynn (2012), que fue llevada al cine bajo la dirección de Ang Lee. Ahí narra la suerte de un grupo de soldados jóvenes condecorados durante un partido de los Vaqueros de Dallas por sus acciones heroicas durante la guerra, retratando en ese microcosmos la demencia y la hipocresía de una sociedad en donde la guerra es tanto un insumo de producción como un espectáculo para ser glorificado, como si fuera un deporte más, o una película de acción de Hollywood.
A casi 25 años de distancia, la demencia de aquellos años se percibe casi con nostalgia, pues ante el grotesco espectáculo en que se ha convertido la política estadunidense durante la última década, la respuesta de un novelista como Fountain ha sido una delirante ficción donde la Suprema Corte permite a Donald Trump presentarse para un tercer mandato presidencial, y su rival es un luchador profesional cuyo personaje es el legendario Rasputín. A la manera de las novelas de Don DeLillo, lo aparentemente descabellado adquiere una meticulosa plausibilidad literaria, y por momentos se siente como si más que una novela se estuviera leyendo una crónica sobre el actual proceso electoral en curso. Pues como insistió Fountain a lo largo de la conversación, su intención no era escribir una sátira sino el retrato de una realidad política que parecería superar a la más delirante de las imaginaciones literarias.
En épocas convulsas como la actual se pone de relieve la capacidad de la literatura para expresar —a través de sus particulares mecanismos— realidades, matices y complejidades a las que por su propia naturaleza puede acceder de manera quizá inmejorable. Como en el siguiente pasaje leído en voz alta por Fountain, en el que ofrece la perspectiva que pueda suponer humanizar al personaje de una chica joven que trabaja para un monstruo como Donald Trump: “Lo primario en él activa lo maternal en ella. Su carne es de lo más rollizo, rosado, vulnerable e infantil, como la que se hallaría si se abriera la concha de un crustáceo. Desde luego es un imbécil y un hijo de perra, pero ella puede manejarlo, tras haber pasado la mayoría de sus años formativos en las jaulas de víboras de la reality tv. Toda la escoria, imbéciles y psicópatas a los que se topó en ese mundo fueron un entrenamiento excelente para trabajar en el Ala Oeste de la Casa Blanca”.
Ante una realidad que parece extraída de la más delirante ficción, que a su vez alimenta ficciones delirantes con un fuerte dejo de realismo, acaso precisamente por lo delirantes, lo que René Girard llamó “verdad novelesca” queda como radiografía metafórica de una época, en donde frente a un carnaval tan grotesco como el que se escenifica actualmente en Estados Unidos, plumas como Fountain capturan tanto las pulsiones del poder como lo que esas pulsiones generan en la sociedad como un todo, para al menos dejar un testimonio duradero de la demencia institucionalizada. Y a pregunta expresa de si se había documentado para reproducir el diálogo y los posteos de redes sociales de su presidente, simplemente respondió: “Tengo a ese cabrón tan metido en la cabeza, que ni falta me hizo”.