“Nuestra patria es la Tierra,
y nuestros compatriotas son
todos los oprimidos del mundo”
Emma Goldman, escritora
El patriotismo es una trampa. Se siembra, se riega y se cosecha cuando se requiere sumisión. Fabrica soldados obedientes del Estado que defienden un pedazo de tela sin cuestionar. Es un excelente aliado de la opresión. Porque en nombre de la patria, todo se vale, hasta atentar contra el pueblo.
Desde la infancia aprendemos himnos que nos comprometen a ir a la guerra, aunque no entendamos lo que significa, pero eso es mejor. La ignorancia es fundamental para el reclutamiento. Se nos enseña a guardar silencio, mantener la rectitud y saludar cuando se despliega el símbolo patrio. Así comienza el adiestramiento.
Después ya no hay necesidad de obligar a rendir honores a la bandera en el patio escolar. Ya quedó plantado en el pecho. Naturalmente se extiende a otros espacios de la vida pública. Un estadio de fútbol, una sobremesa y un muro de redes sociales se vuelven el campo de batalla para proteger a toda costa a la patria.
El patriotismo es la herramienta con la que los políticos construyen adeptos y destruyen enemigos. Con discursos emotivos de sacrificios y lealtad, se rasgan las vestiduras para después levantar el puño y golpear la mesa contra sus detractores, aunque sean sus propios compatriotas.
Esa pasión germina en mártires y héroes, tan necesarios para perpetuar el nacionalismo cómplice.
Con su venia, desde el poder se cometen atrocidades que pasan a ser capítulos negros de un país. Basta una búsqueda en internet para recordar a los dictadores autonombrados “salvadores de la patria”. Personajes infames que vuelven a nuestros tiempos con otros rostros, pero el mismo mensaje de xenofobia y clasismo. Resurgen con fuerza en tiempos de una profunda polarización social, terreno idóneo para que más víctimas caigan en la trampa.
En las alturas, entre la opulencia y el cinismo, se quedan quienes capitalizan ese patriotismo, mientras abajo se atacan los soldados alienados que sirven al poder, y terminan olvidados en una historia que, aunque conozcamos, estamos condenados a repetir.