He señalado en este espacio la proclividad de los mexicanos para encontrar en los demás la explicación y causa de nuestras dolencias y derrotas, personales y colectivas.
Los padres, los hermanos, el cónyuge, los maestros, los patrones, los socios, los empleados, “el sistema”, el régimen, el gobierno, “el exterior”, la globalización, el neoliberalismo, las lluvias y la sequía, y todo cuando nos rodea nos han impedido progresar y ser felices.
Eso prueba, ni más ni menos, que padecemos la enfermedad conocida como culto a la derrota. O sea, somos grandes, somos buenos, hemos cumplido, no merecemos esta realidad, simplemente la maldad de otros nos coloca en situación de víctimas.
Sin desconocer que cada uno somos “yo y mis circunstancias” y que todo lo que recibimos y percibimos nos afecta para bien o para mal, siempre dará buen resultado entender que SOMOS LO QUE HACEMOS, y que más nos vale corregir nuestros yerros en vez de lloriquear como plañideras y acusar a otros.
Es cierto que el HUBIERA pertenece a la especulación, no a la realidad, pero nos permite imaginar lo que pudo haber sido y lo que en ciertos casos puede y debe llegar a ser.
Si México hubiera sido capaz de superar la ignorancia y la miseria que hacen a millones de nacionales presa de bribones y embaucadores, y provocan la migración ilegal; si México hubiera alcanzado el verdadero estado de derecho y evitado tan alta criminalidad, elegantemente vestida o a salto de mata; si México hubiera impedido el mal uso y el saqueo de sus riquezas, entre ellas la petrolera; si México hubiera logrado formar auténticos ciudadanos y no parias; si México hubiera superado la suicida dependencia de Estados Unidos, que no debió existir; y si México hubiera…y hubiera…, los mexicanos estaríamos a AÑOS LUZ de las amenazas y agresiones del altanero que hoy quiere aplastarnos para justificarse ante la parte más enferma de aquella sociedad.
Ojalá seamos capaces, comunidad y gobierno, de llevar a cabo simultáneamente la doble e impostergable tarea: enfrentar la brutalidad que viene del norte y corregir las desviaciones éticas, educativas y psicológicas que padecemos como nación.
Recordemos: “no hay mal que por bien no venga”. La agresión del yanqui a valores humanos fundamentales y a la sana convivencia con México y el mundo nos obliga a desterrar la pereza, la mal entendida comodidad, la autocomplacencia y la tolerancia frente a los abusos del poder. La historia de la humanidad nos dice que la adversidad propicia la superación de los hombres y los pueblos, si la saben aprovechar. Ojalá lo entendamos así para forjar un mejor destino nacional.
Tenemos todo para ganar.