Si esta Comunidad de Estados Americanos y Caribeños (CELAC) no logra avanzar en una agenda concreta que establezca pasos específicos para consolidar la integración, no sé cuál pueda hacerlo. Lastimosamente, mecanismos como éstos suelen producir avances sólo en presencia de las y los jefes de Estado, incluso por el talante de las y los mismos.
Bien señalaba el presidente de Colombia, Gustavo Petro, que la CELAC puede ser el espacio definitivo de la integración latinoamericana "si le damos poder vinculante para lo que se haga, se diga y se acuerde se vuelva realidad”.
Las coyunturas de países como Brasil en los que la violencia fascista se ha intensificado o como Perú en el que se produjo un golpe de Estado parlamentario y en el que las propias fuerzas del Estado han reprimido a la población dejando más de 60 personas muertas, dificultan una atención más efectiva de los avances como región, como ha sucedido en ocasiones anteriores.
Es imprescindible encontrar agendas comunes precisas como el cambio climático y el cuidado de la Amazonía; el diálogo con Estados Unidos y Canadá como lo ha propuesto el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, liderado además por dicho país; la moneda común como facilitador del intercambio comercial regional; y la migración ordenada como un punto irrenunciable. Ni qué hablar de atender otros temas de interés como la política antidrogas, las y los presos políticos y la persecución judicial contra las y los líderes progresistas.
Ojalá que esta VII Cumbre de Buenos Aires logre consolidar a la CELAC como una institución en todo el sentido de la palabra, con vida propia, con una estrategia común, con capacidad institucional y de influir; que pueda convertirse en un auténtico organismo regional latinoamericano, con sus equipos de trabajo y sus propios investigadores.
No se puede desconocer que mientras se habla del avance de la integración latinoamericana, mandatarios como Pedro Castillo se encuentran presos o que presidentes como Nicolás Maduro evitan viajar por amenazas en su contra o que el enviado especial del gobierno de los Estados Unidos, Christopher Dodd, haya sido uno de los principales organizadores de la pasada y cuestionada Cumbre de las Américas.
En el mensaje que el presidente mexicano envió a la CELAC enfatizó en la necesidad de que “se haga a un lado esa política caduca, anacrónica de América para los (norte) americanos, la Doctrina Monroe”. Los retos son múltiples, no sólo por la propia capacidad del organismo sino por las condiciones internas de nuestros países, pero las condiciones no han sido nunca más idóneas que éstas.
Únicamente una agenda y una acción concertada entre los distintos países de América Latina logrará frenar a una derecha radical y violenta que avanza con rapidez, con recursos casi infinitos y un gran segmento de la población dispuesta a escucharla y seguirla.
Daniela Pacheco