Hipatia (354?-430) es la última filósofa pagana de la Antigüedad.
Bajo el Imperio Romano y sobre todo en Alejandría, de donde es originaria, la educación femenina se igualaba a la del hombre y las mujeres podían ser tan eruditas o más que ellos. Hija de un filósofo y contemporánea de San Agustín, por oposición a él nunca se convirtió al cristianismo. Sin embargo, uno como otro, fundan su filosofía en el platonismo. Mientras que Agustín lo deja para convertirse al cristianismo, Hipatia se obstina hasta el último día de su vida en filosofar libre de creencias y en el puro acto subversivo que presupone pensar. Precisamente su mayor perseguidor, el obispo de la ciudad, Cirilo, creía que la filosofía sublevaba a las personas poniendo en peligro las instituciones.
No se conoce obra de ella, seguramente destruida después de su muerte. Lo que conocemos viene de las anotaciones de sus discípulos, de la memoria que ellos dejaron de su maestra. Daba clases en el Museion de la Universidad de Alejandría, en primer lugar de la filosofía platónica y también de geometría y astronomía.
Los estudiosos aseguran que fue la primera mujer matemática, la cual la apasionaba puesto que su esfera va más allá de la percepción sensorial.
Con esa agudeza inventó diversos aparatos de medición y se obstinó en ver lo que está detrás de las cosas.
Imaginamos que, a la manera de Platón, soñaba para su mundo un estadista filósofo, el que pudiera dar largueza a los estudios, sin aferrarse a los cánones religiosos. Sus alumnos fueron tanto cristianos como paganos.
Si se casó, como se dice, también se apunta que permaneció virgen.
Quién sabe, y además en qué cambia las cosas la virginidad o no de una mujer. Lo cierto es que era amada por los sabios de una y otra escuela, por los colegas creyentes y no creyentes, y por sus alumnos quienes venían de muy lejos para estudiar con ella. Sin embargo, Cirilo la persiguió aunque lo negara después.
Aparentemente ella tenía la protección del Imperio Oriental en la figura de Orestes, su representante en Alejandría y antiguo alumno, y esto aguzaba el rechazo de Cirilo.
De aquí en más la historia es confusa, la Iglesia dice que el crimen de Hipatia no fue de su responsabilidad, y sin embargo llevado a cabo por cristianos furibundos en plena Cuaresma cuando Hipatia se dirigía en su carruaje a su casa. La turba la arrancó del coche, la arrastró por las calles despojándola de sus ropas hasta dejarla desnuda, masacró su cuerpo entero arrancándole de a poco extremidades y órganos. Por fin, recogieron sus restos, los amontonaron en una especie de pira y allí fueron quemados hasta incinerarlos. Del mismo modo como lo hizo al contar la historia tergiversada del Imperio Romano olvidando a los grandes estadistas filósofos como Marco Aurelio, Adriano o Tito Andrónico, y sólo poniendo el acento en la crueldad de Nerón, quien persiguió a los cristianos durante su gobierno, la Iglesia tampoco aclaró nunca su parte de responsabilidad en el salvaje crimen de Hipatia.
Me gusta imaginarla como cualquier intelectual de su género, como Karen Blixen o Madame de Stäel, Virginia Woolf o Victoria Ocampo, abriendo las puertas de su casa para reunir a amigos, colegas, discípulos, un día a la semana, como se estila, en donde se sabe que hay encuentro y reflexión y plática regocijante a propósito de los seres humanos y el mundo. Así dicen que fue Hipatia, teniendo salón antes de llamarlos así, y siendo querida y admirada como las que termino de nombrar junto a una larga lista de mujeres pensantes, de enorme inteligencia sensible, lectoras, polemistas, dicharacheras, rotundas a la manera de Gabriela Mistral, sofisticadas como Katherine Mansfield, transgresoras como Olympia de Gouges o Alfonsina Storni.
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