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Sábado , 20.04.2019 / 10:37 Hoy

Perfil de mujeres

Dolores del Río

Coral Aguirre

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Veamos a esta mujer mexicana de tan gran fama, desde los ojos de una niña que crecía en Argentina. Su mamá, sumamente importante en su vida, porque le marcó uno a uno los ideales y las utopías con las que todavía juega en el presente, le manifestó con rigor crítico que Dolores era la verdadera artista, la gran actriz, la mujer que honraba a México.

Mientras la otra, comparó enseguida, solo hizo sufrir a los hombres y especialmente al pobrecito de Agustín Lara, tan feo él. Así yo entré en el mundo del cine con Dolores del Río por estandarte.

Nació en Durango en 1904 y lo que sé, es que contribuyó a la época dorada del cine latinoamericano, que no era otra cosa que Argentina y México y el vasto mercado que se extendía desde el sur hasta las orillas del Río Bravo. Al principio su fama comienza con las películas que filma del otro lado, pero pronto es absorbida por la Época de Oro del Cine Mexicano en los años cuarenta, que es precisamente la etapa que señalo, como la única vez que en cine pudimos más que los americanos por mercado, público y propagación de los filmes. Sono Film Argentina y los Estudios Churubusco México hacían el resto.

Es esa época la que conocemos mejor de Dolores, puesto que ella regresa de Hollywood para incorporarse a la producción autóctona. Entonces se producen los grandes filmes que hacen de ella un emblema.

Así La malquerida de Jacinto Benavente, que por otra parte yo leía en folletines de las revistas femeninas, o bien María Candelaria o Flor silvestre, películas y temas que la llevaron a habitar los hogares latinoamericanos y a hacer proferir a mi madre, a las vecinas, al barrio, a los pueblos pequeños y grandes, palabras de admiración. Venida de una supuesta versión de Latin Lover a la manera de Rodolfo Valentino, por quien mi madre se deshacía en alabanzas que a mí se me hacían sospechosas: ¿lo quería a mi papá o lo quería a Valentino? Dolores contribuía del mismo modo a nuestra industria cinematográfica al doblegar al público argentino y español.

Sus posibilidades de devenir el rostro paradigmático de México no será casual. Su destino es privilegiado: habiendo nacido en el seno de una familia aristocrática del Porfiriato, era consanguínea de actores, directores y actrices en ese momento muy respetados en el país vecino.

Una señorita de bien recibe una educación semejante, de modo que ese savoir faire que siempre la caracterizó por oposición a la bronca rival que todos sabemos quién es, le permitió mayor distanciamiento y mayor prestigio. No era una cuestión mágica, sino el resultado de su formación en un colegio francés. Es precisamente esta alcurnia reflejada en gestos y rasgos lo que hace que sea por antonomasia el rostro que compite con el de Greta Garbo por los mismos tiempos.

Espectadora en su adolescencia de las obras teatrales y de danza más importantes de su época, frente a la visión de Anna Pavlova o bien la popular Antonia Mercé La Argentina, su vocación varía y se trastoca queriendo ser todo a la vez: bailarina clásica, bailarina flamenca, sin atinar al destino que la está esperando. Pero una cosa es cierta, en ella ya latía la intuición de su rol en el arte. Y el rango que ocuparía en su país.

La vida nunca le escamoteó oportunidades y regocijos. Desposa a un hombre mayor que ella 18 años, pero de una estirpe tal que hoy nos permite declarar que Dolores del Río y su nuevo esposo se casaron en la residencia de Los Pinos; sí, sí, la que conocemos hoy día, desdeñada por el nuevo Presidente y convertida en una suerte de ámbito cultural democrático y popular. Propiedad por aquellos días de los Martínez del Río, raza con la que se desposaba ahora.

Le vino de maravillas su origen porfiriano, su destino de niña formada en los hábitos franceses, su misma clase que la había transformado en una aristocrática, puesto que mientras vivía dos años de luna de miel de cuento de hadas con su marido, se codeó con príncipes y reinas y su andar natural era entre brocados, mármoles y lo más excesivo de la realeza europea. Solo una cosa vino a empañar tanto derroche de felicidad. Dolores nunca pudo tener hijos, que, según pienso, también para ella resultó una ventaja. Al regresar de Europa venía embarazada y tuvo complicaciones que no pudieron superarse, un aborto involuntario opacó por un instante su destino de princesa. De modo que la bella entre las bellas, sin darse cuenta, agregó a sus asuntos esta novedad, los médicos recomendaron que sería muy peligroso volver a quedar embarazada. Así ya no pudo tener hijos, lo que la liberaba para darse de lleno a su carrera cinematográfica. Y así lo hizo.

Y fue de esta manera como Dolores del Río fue el rostro de México por muchos años, anteponiendo su belleza aristocrática por encima del resto. Lo cual no cambió en nada finalmente, la popularidad alcanzada por el otro, el rostro furioso y sensual, que la gente decidió no olvidar nunca.

Y así lo creo, aun a costa de los dichos de mi madre.


coral.aguirre@gmail.com


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