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Jueves , 21.03.2019 / 07:11 Hoy

Columna de Christine Lagarde

Una reforma al sistema fiscal internacional ya no puede esperar más

Christine Lagarde

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La percepción pública de que las grandes empresas multinacionales pagan pocos impuestos llevó a demandas políticas para una acción urgente. El llamado para un nuevo enfoque es intenso, y con buena razón. La facilidad con la que las multinacionales pueden eludir impuestos y tres décadas con una disminución en las tasas de impuestos corporativos ponen en peligro la fe en la imparcialidad del sistema internacional.

La situación actual es especialmente perjudicial para los países de bajos ingresos, privándolos de ganancias muy necesarias que les ayudarían a lograr un mayor crecimiento económico, a reducir la pobreza y a cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 de la ONU.

Las economías avanzadas desde hace mucho tiempo le han dado forma a las normas internacionales de impuestos corporativos. Sin embargo son los países en desarrollo los que quedan particularmente expuestos a la transferencia de las utilidades y la competencia fiscal con limitadas alternativas para aumentar los ingresos. El análisis del Fondo Monetario Internacional muestra que los países que no pertenecen a la OCDE pierden en conjunto alrededor de 200 mil millones de dólares en ingresos cada año, o alrededor de 1.3 por ciento del producto interno bruto, debido a que las empresas transfieren las utilidades a lugares con menores impuestos.

Los esfuerzos internacionales recientes —en particular a través del G20 y la OCDE— han hecho más difícil para las multinacionales transferir las utilidades a lugares con tasas de impuestos más bajas. Pero se mantienen las vulnerabilidades.

El principal vehículo para coordinar trabajo en los asuntos del sistema internacional de impuestos —el “Marco Inclusivo” de la OCDE— tiene más de 125 países miembros, pero si bien ha logrado avances significativos, las presiones de la competencia fiscal siguen en gran medida sin abordarse.

Claramente, necesitamos un replanteamiento fundamental sobre la fiscalidad internacional.

El documento del FMI que se publicó el lunes analiza varias opciones en el contexto de tres criterios clave: abordar de mejor manera la transferencia de las utilidades y la competencia fiscal; superar los obstáculos legales y administrativos para hacer una reforma; y asegurar el reconocimiento pleno de los intereses de los países de bajos ingresos.

Un ímpetu inmediato para hacer una reforma ha sido el surgimiento de modelos de negocio altamente rentables impulsados por la tecnología, negocios con una fuerte carga digital. Estos dependen en gran medida de activos intangibles que son difíciles de valorar, como patentes y software. También tienen menos necesidad de una presencia física para hacer negocios. Los retos se extienden más allá de los proveedores de servicios digitales, pero estos modelos destacan dos supuestos anticuados sobre el sistema fiscal internacional. El primero, que el ingreso y las utilidades están necesariamente relacionados con la presencia física. Y el segundo, que las transacciones dentro de un grupo corporativo complejo se pueden valorar en función de una referencia objetiva del mercado.

Entonces, ¿cuáles son las opciones para arreglar el sistema? A continuación se presentan dos ideas que están en discusión.

La primera, la creación de programas de impuestos mínimos. Un enfoque —para las empresas que invierten fuera de su país de origen— sería reducir el alcance de la transferencia de las utilidades a lugares con impuestos bajos. Esto limitaría la competencia al asegurar que el país de origen de una multinacional aplique al menos algún impuesto, independientemente de dónde se obtengan las utilidades. Otro enfoque, que se aplica a la inversión que entra, permitiría a los países de bajos ingresos mantener más ingresos al aplicar impuestos mínimos de retención en pagos transfronterizos, como las cuotas por los servicios que cobran las matrices a las filiales locales. Por supuesto, en el segundo caso se producirían compensaciones entre los impuestos y la atracción de inversión extranjera, entonces es deseable la cooperación.

En segundo lugar, para crear un sistema que imponga gravámenes completos sobre las utilidades de rutina -algo como un retorno sobre la inversión normal- sobre actividades básicas en el país en el que se llevan a cabo, mientras al mismo tiempo divide cualquier utilidad restante entre todas las naciones correspondientes. Este es el enfoque de “asignación de utilidades residuales”. Determinar cómo asignar la utilidad por encima de lo normal es clave aquí, y requiere de un acuerdo multilateral. El uso de una fórmula para este propósito introduciría un nuevo elemento en el sistema internacional. Este método podría incluir el valor creado en el destino o mercado -donde se ubican los usuarios de los servicios o clientes más tradicionales.

¿Cómo puede ayudar el FMI? El fondo proporciona apoyo técnico en temas fiscales a más de 100 países cada año; se enfoca en el impacto económico del pago de impuestos; y tiene una afiliación casi universal, lo que le permite comprender mejor los problemas específicos a los que se enfrentan los países en desarrollo.

Por lo tanto, está en condiciones de ayudar a sus 189 miembros a diseñar sistemas fiscales más eficientes y efectivos.

La conclusión es que la la arquitectura actual del impuesto corporativo internacional fundamentalmente es obsoleto. Al replantear el sistema actual y abordar las causas fundamentales de esta debilidad, todos los países deberían beneficiarse, entre ellos los de bajos ingresos. Al mismo tiempo podemos restaurar la fe y la imparcialidad en el sistema fiscal internacional. 


*Directora gerente del FMI



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