En la anterior colaboración proponía una reflexión sobre las circunstancias en las que nos encontramos en nuestro amado país con respecto a situaciones por demás dolorosas e inhumanas en la que somos testigos desde hace años.
Sin lugar a dudas es un tema sensible en la sociedad mexicana, en la que parecería que priva una indiferencia colectiva frente a este tipo de atrocidades, pero no es así.
A partir de esta publicación he recibido diversos comentarios de lectores y personas cercanas, en la que me manifiestan su empatía sobre el sentimiento que me generó el escribir sobre este “tema”.
Esos comentarios me hicieron cuestionar sobre entender el lugar donde estamos parados como comunidad, hasta dónde el dolor se pueda convertir en indignación y, a partir de ello, llevarnos a la acción. Es difícil “calcular” los límites sociales de la tolerancia, pues en ello van una serie de variables que no necesariamente son susceptibles de cuantificar, no son algo que podamos pesar o medir.
Está ahí y está presente en la conciencia de las personas; en mi caso manifesté un dolor profundo que no es momentáneo, sino explosivo de un cúmulo de emociones, producto de acontecimientos acaecidos con dolorosa cotidianidad. No es momentánea, es consuetudinaria, como la impunidad y la complicidad en muchas áreas de nuestra comunidad.
Sin embargo, en la conclusión de la participación, cerraba con la idea de que recuperar la decencia de sabernos con valores será el energético que pueda mover a las personas a buscar y encontrar las puertas que permitan la salida a este horror que vivimos a diario.
Me preguntan cómo es posible pensar que un valor intangible como la decencia pueda contribuir a curar un poco estas heridas en nuestra Patria. Creo firmemente que la decencia obliga moralmente, en la conciencia de las personas responsables, a realizar escrupulosamente las tareas que tienen que ver con la justicia, en el que la oportunidad, la empatía y responsabilidad son imprescindibles para atender a quienes son sujetos de un delito.
La decencia es un valor en desuso en el servicio público, y por extensión, en el trato cotidiano entre las personas. Basta subirse al metro o intentar el trámite de algún servicio público para constatarlo.
Hemos dejado que el concepto de “la gran familia mexicana”, quede diluido al paso aplastante de la modernidad digital. Cabe recordar que una sociedad carente de valores, como la decencia, va directo a la descomposición total.