Cuando se pregunta en alguna reunión de amigos su significado, la primera respuesta, a botepronto, es “hacer todo lo que uno quiere, no tener límite para aquello que las emociones, los sentimientos, la reacciones dicten a nuestra mente”, al grado de que incluso, la estructura de control que tenemos la inmensa mayoría de los humanos, la conciencia, cede paso al impulso casi visceral del grito de libertad.
Podría verse de modo distinto, sin embargo no es así, por fortuna, ya que en las personas existen una serie de reglas que limitan la equivocada idea de “hacer lo que uno quiere”, y esos límites toman forma de diversos modos. No me refiero a las legales y sus consecuencias, sino a la templanza, que nos facilita navegar por la experiencia de vida, atemperando nuestras pasiones y regulando las emociones, que nos lleva a reconocer los límites de nuestras acciones así como las consecuencias de ellas, asumiendo en todo momento la responsabilidad que de los hechos emanen. A eso que suma experiencia se le llama madurez.
Lo anterior lo quiero relacionar con el tema que compartí con ustedes la semana pasada, refiriéndome en principio a la decencia como el idóneo de relacionarnos en comunidad, y que una sociedad carente de valores va directo a la descomposición social, en el que la violencia, la transgresión de los derechos, y el temor, son signos inequívocos de comunidades en proceso de ruptura y decadencia humana.
Quiero subrayar nuevamente que esta preocupación es legítima en cuanto a lo que nos informamos todos los días, deslindando mi palabra de cualquier fobia o filia política, el sentimiento es claro: mi disenso con la realidad de nuestro país, es legítimo.
Hablamos de valores. La libertad, entonces, es regulada para su ejercicio, tanto por la ley como por la conciencia de cada uno. Luego entonces, disfrutemos de la libertad que tenemos con toda la energía de la que seamos capaces, en familia, con amigos, y nosotros mismos. Debemos pensar que la felicidad es el punto al cual llegaremos, merecedores del regalo de vida recibido.
En este sentido, entendería a la lealtad como el adherente perfecto que genera valores, que construye la felicidad de vivir con decencia, la columna vertebral de una relación humana que mantiene sana mi presencia en este mundo.