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  • Carlos A. Sepúlveda Valle

Un amigo me regaló copia de un trabajo sobre transporte colectivo que el ingeniero Jorge Matute Remus presentó en febrero de 1976 bajo el título: “Metro, principiando con autobuses que llamamos Metrobuses, para Guadalajara”.

El ingeniero Matute proponía la metrificación del transporte colectivo como una forma de atacar el problema, explica que en la década de los veinte además de los tranvías ya había autobuses, que de entonces en adelante la ciudad aceleró su crecimiento y se desbordó el desorden urbano que ha imperado, que al principio no se sentía necesidad de ordenamiento, pero después, por intereses creados y demás, ha sido imposible el poner un orden en las cosas.

Al justificar las razones de ese estudio, aduce, “los que estamos engastados (“encajar y embutir algo en otra cosa”, el diccionario de la RAE pone como ejemplo del verbo engastar Una esmeralda engastada en oro), por nuestra profesión en la observación de los fenómenos urbanos, del transporte, la mecánica, los costos, los tiempos, movimientos y demás, somos los indicados para dar el grito de alarma y de empujar hacia la solución del problema”.

En el fenómeno del transporte urbano le llamaban poderosamente la atención tres factores fundamentales: la escasez de energéticos, el costo del transporte en función de la carestía de la vida como factor de la misma, y el tiempo y demás circunstancias humanas que intervienen en el logro de esa traslación urbana.

Respecto de la relación del gasto de transporte, ejemplifica, en 1924 el salario mínimo en Guadalajara era de $1.00 y el costo de pasaje por viaje era de cuatro centavos; en 1975 el salario era de $58.00 y el pasaje valía un peso (en 1924 el costo del pasaje era una veinticincoava parte del jornal, en 2017 es de una décima parte del mínimo).

En los años veinte, sostiene el ingeniero Matute, la ciudad ocupaba un área de 12 kilómetros cuadrados y se contaba con menos de 900 vehículos de motor; existían unos 70 tranvías eléctricos, las villas de Tlaquepaque, Zapopan y puntos intermedios a mitad de la década de los veinte estaban conectadas con diez tranvías que daban servicio con una intermitencia de cada veinte minutos.

Al analizar la problemática que existía en 1975, partía de que la ciudad contaba con unos 2,500 autobuses de los que circulaban unos 2,000 en 8 líneas y 112 rutas que recaudaban dos millones de pesos diarios. A pesar de esas cifras, para el ingeniero Matute ya existía la locura de la autotransportación por el mal diseño de los centros urbanos y el peor de las comunicaciones.

¿Cuáles eran las soluciones que proponía? Primero, un nuevo trazo. Él pensaba entonces lo que diez años después presentó como rutas ortogonales (proyecto boicotedo por empresarios y líderes transportistas de manera miserable) en el “manzaneo” de la ciudad como una gran cuadrícula, en una serie de rutas, lo más simple en su trazo, con el menor número de vueltas, las que se crucen unas en sentido Oriente-Poniente y otras Norte-Sur, para lo cual presentaba mediciones de distancias, tiempos, costos y ventajas que ese sistema tendría.

También proponía alejar las paradas, el mejoramiento paulatino de los autobuses, claridad en sus trayectos, orden en sus recorridos, disminución de la contaminación y del ruido, reducción de accidentes, la construcción de estaciones provisionales mientras se ponía en marcha el “Metro”, la organización de una corporación tipo Sociedad Anónima de dueños (algo así como la ruta empresa de ahora), para el personal, “las máximas prestaciones y garantías que concede la moral y la ley y no serán personas abandonadas al garete”, y para los usuarios facilidad inmediata del pago que permitiera reducir costos, comodidad y seguridad de los chóferes.

Al final de este estudio el ingeniero advertía: “Si no se atiende de esta manera la transformación del tránsito de la ciudad se expone a su paralización, cuando menos a su costosísima lentitud y a una cuantiosa erogación que no es capaz el pueblo de soportar a menos que prescinda, en alto grado, de su alimentación, vestido, cultura y otros menesteres más importantes”.

Cuarenta años después de este estudio el parque vehicular se incrementó diez veces (de 200 mil a más de dos millones), la metrificación es incipiente, los recorridos del transporte público son un desorden, ni la contaminación ni el ruido se han disminuido, al personal no le cubren las prestaciones legales, los usuarios no pueden comprar abonos, y desde luego, la movilización es muy lenta.

Cuanta falta le hacen a la ciudad sabios como el ingeniero Jorge Matute, sus restos reposan, merecidamente, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, mausoleo bajo el que circulará el Tren Ligero.

csepulveda108@gmail.com

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