Cultura

Patrono de la tragazón

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Escribo estas líneas a manera de sentida carta a la opinión pública. Como pocos celebro la llegada de los días septembrinos. Pero lo hago por razones distintas a las esperadas. No me mueve el sentimiento patriotero. No me tocan fibra alguna los héroes que nos dieron patria y libertad. Me importa tres kilos y medio de aguayón torneado el sentido identitario que representa la justa independentista. Pero de que me puede septiembre, vaya que me puede.

Como en muchos, el apetito se impone. Y llegada la ocasión le entro a cuanto manjar aparece. Ya en forma de taco dorado, tostada o sope. Enchiladas, chilaquiles o cualquier otra variedad que pueda adquirir la masa de maíz. Como sea, pero no de cualquier manera. Como Dios manda. El mismo Dios por el que las buenas conciencias repudian la gula mientras articulan loas culinarias en su nombre.

Y aunque se suman otras suculencias, hoy levanto la voz en nombre de la mayor deidad pagana que se pueda adorar en estas fechas. En estas y en el resto del año. Porque no deja de ser curioso que, así como el mexicano se disfraza de mexicano para celebrar la mexicanidad, los manjares garnachosos de esta tierra se pueden disfrutar en cualquier otra época, sin que medie acontecimiento alguno. Pero ya se sabe que la gente de por acá es bienayasiquiensabecomo.

Hablo, en mi autonombrado carácter de defensor del pambacismo y partidario de la pambazología. Si hay un mentado Burgerman, dedicado a llenar de fruta la piñata con entrepanes a base de carne molida y queso, por qué no habría un ser que promocione la pachona sabrosura. Ese deleite al que solo se valora en días teñidos de bandera tricolor. Porque para nadie es novedad que al pambazo nada más se le visita en época de grito.

En mi rol de paladín de la justicia pambacera, además de fomentar su consumo indiscriminado, exijo sea visto como el rey de los bocadillos tenochcas. Pues pocas cosas resultan de tremenda estructura y de complejidad sin igual. Y propongo que se eleve a rango de obligación moral su preparación. Que no haya tolerancia para los improvisados que llaman pambazo a una telera pintada de rojo. Que los procesos se vuelvan obligados y se acompañe su adoración con ingredientes de calidad.

Nada de objetos comestibles que parezcan alimento. Nada de queso plastificado, crema rebajada y miserias de lechuga. Sobre todo, nada de escatimar en el relleno. Ni dejar de probar alternativas. Porque más allá de las papas y el chorizo, las opciones abundan y dan para satisfacer al más atascado: tinga, mole, queso, picadillo y de ahí pa’l real. ¿Es mucho pedir que se dé el lugar que merece a semejante monarca del pipirín? Por una cultura del pambazo, digno y sustancioso: ¡tragaldabas de México, uníos!


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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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