Cultura

Mentando madres

Hace años, buscando deseducar al Batán, el mayor de mis sobrinos, bailábamos al ritmo de la canción Rastamandita, de Molotov. Nos volvía locos la onomatopeya que seguía al verso “y es que me gusta tanto tu pelo… ¡ropopopó-ropopopó!” Era obvio que se trataba de un tema no apto para menores (ni siquiera para algunos que presumían de mayores, como el propio tío), pero resultaba sumamente divertido hacerle al rudo rudísimo con movimientos cadenciosos, no se diga cantar algunas otras sandeces molotovescas (que por supuesto ya no formaban parte de las enseñanzas al engendro aprendiz de malandro).

En el mismo disco en el que aparece Rastamandita se encuentra Parásito, que además de tener como protagonista en el video a Alfonso Zayas, cuenta con todo un repertorio de recursos lingüísticos que pondría verde de envidia al propio actor mexicano. Para quienes vivimos la censura radial y televisiva de los 80 y 90, la experiencia de Molotov resulta todo un deleite, tanto en el disco Apocalipshit, como en ¿Dónde jugarán las niñas?, y ni qué decir de Dance and dense denso o Eternamiente. En todos los casos pululan el placer de las guarradas, las leperadas y el ataque frontal contra lo políticamente correcto.

De niño nunca fui un pelandrufo, pues a pesar de compartir clase con escuincles cuyos modales dejaban mucho qué desear, una formación exquisita por parte de la abuela paterna me hizo distinto, bien hablado y quizá hasta insoportable a los ojos de los demás. Curiosamente, cuando años más tarde encontré el placer de lo indecible no dudé en decir esta boca es mía. De eso y de lo escatológico, lo profano y todo aquello que atentara contra lo establecido. De ahí que viniera tan bien el asunto con la “Molocha”.

Eso lo entendí luego de encontrarme con “Mentar madres te hace bien, la increíble ciencia del lenguaje soez”, el libro de Emma Byrne en el que da cuenta del impacto que tienen las palabrotas. Y aunque se podría ver como el salvoconducto para que la raza se de vuelo con ajos y cebollas, la idea, dice la autora, es comprender los alcances de las maldiciones, su clasificación, posibilidades idiomáticas y en particular lo que pueden hacer por el bien de la salud física y mental de quienes se toman la molestia de decir groserías ya sea de forma automática o premeditada.

En tiempos en los que las peladeces se han vuelto tan gratuitas y van careciendo de sentido a partir del uso indiscriminado que sobre todo mileniacos y centeniales hacen de ellas, vale la pena echar un vistazo al libro en cuestión y pensar la forma en que nos hablamos, ya no para estar a la altura del “Manual de carroña”, sino para asegurarnos que las mentadas de madre y otros caireles malditos del lenguaje cumplan su función terapéutica y, de paso, resulten mucho más efectivos. ¡Cómo chingados no!

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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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