Es chiquita —de 1.54 metros de estatura—, con una voz que sin ser trueno azota tempestades por su registro vocal. Los que amamos el teatro la conocemos desde su primer trabajo, en 1968 con Julio Castillo, hasta Reina (una labor escénica inspirada en El rey Lear, de Shakespeare, con la Compañía Colochos Teatro, que cumple 13 años de partirse la madre, merecen un texto aparte). Fue sublime en Vacío, el suicidio de Silvia Plath que Castillo dirigió como poeta, o el polémico trabajo de Jesusa Rodríguez en Concilio de amor. Había perdido su pista, pero ahora cumple 55 años en el proscenio y siento culpa por nunca haber reparado en ella en mis comentarios sobre el tablado mexicano.
Hija de la pintora Fanny Rabel —que estudió con Frida Kahlo—, y el doctor Jaime Woolrich, Paloma ha sido amante fiel del escenario, aunque es una presencia del cine y la televisión (pronto la veremos en Los minutos negros, la novela de Martín Solares que dirige Mario Muñoz Espinosa). Tuve la fortuna de tratar a su tía, la crítica teatral y novelista Malkah Rabell, desde las páginas del extinto El día, una de las mejores en el ensayo teatral.
La Woolrich hoy es la “reina” que escupe en el escenario todos los sentires, malestares, contradicciones, rabia y amor al parir unas hijas que la despojan de sus pertenencias por heredar en vida. Es igual el pretexto íntimo para hablar del teatro dentro de la escena apoyada por poetas de la estirpe de Xavier Villaurrutia. En el sentido estricto no es una adaptación a Shakespeare. Es excusa para hablar de muchas cosas y para que la actriz despliegue sus recursos hasta que el cuerpo quede vacío por el sacrificio de dar voz, cuerpo, alma y espíritu a una mujer en su vejez, esa caída del tiempo. Eso valió la pena.
La obra es dispareja en varios sentidos, pero la actriz sale indemne del atolladero dramatúrgico convertido en caos. El director y adaptador de Shakespeare, Juan Carrillo, se embelesó con la palabra y perdió de vista el timing escénico. O quiso darle a Paloma Woolrich el protagonismo de Reina para una interpretación excelsa. Habría que agradecerlo.
Dije que es chiquita. No, su complexión es una caja de resonancia tan inmensa como su deseo de ser una presencia enorme.