En un funeral el clímax de la verdad aflora como la pólvora, ahí donde los sentidos estallan sin razón, sin mínima educación. Cinco parejas atrapadas por la ambición y el deseo desnudan su destreza, agazapadas en la hipocresía. Cuando escribí en 2009 de la obra Breve silbido desde el exilio, decía: “ni lagrimeo ni autocompasión. Catarsis con toma de conciencia”. Fiel a su dramaturgia, José Alberto Gallardo insiste en la liberación de sentimientos para llegar a la purga de lo que pudre a las almas. Pero esta vez los espectadores explotamos junto a los actores y actrices, sin sentido figurado. Nadie queda vivo: salimos libres de culpa al ver Cuando el apetito imagina su impotencia, se entristece.
Gallardo no escribe en forma lineal sus obras. Te atrapa con metáforas, aforismos, digresiones antes de llegar al río de lo que quiere contar. Reclama a un buen escucha. Hace realismo absurdo a la manera de Beckett, pero no es teatro del absurdo. No es un funeral al estilo de Hugo Argüelles en Los cuervos están de luto. Más cerca de Thomas Bernhard en la búsqueda de una autopsia al ser humano. O Peter Hanke en esos largos silencios, sin palabras. Hay escasos dramaturgos como él y quizá por eso no ha tenido apoyo incondicional de la oficialidad. Por eso él escenifica en la evolución de los teatros independientes. Con ascensos y caídas, amerita más atención su trabajo, con más de 20 años.
Vi la representación de Cuando el apetito imagina su impotencia, se entristece en la sede del Estudio Teatro de la Brevedad, allá por Río Churubusco, en una casa y escenario a la vez. Diez actores dirigidos por Gallardo, con solvencia y enormes resortes de inteligencia emocional. Escribió para ellos como Héctor Mendoza lo hacía con los que se inician en el paisaje teatral. Son unos profesionales del oficio y merecen destacar por su labor. Con cero presupuesto pero elocuente intención, conmueven a mares. Deberían ser vistos por más espectadores. No merecen la marginación frente a tanta mediocridad con apoyos y becas.
Gallardo es un dramaturgo de duro contenido y un director que maneja actores con sobriedad y gallardía. No abundan tantos así. Bastaría con verlo —y leerlo— para llegar a la expiación.