Desde el extremo de la cocina se escucha el chorro de agua chocando sobre la tarja; una luz taciturna ilumina dicha habitación, mientras una radio vieja sintoniza pobremente antiguas melodías ejecutadas en guitarra; en ciertos momentos, el chocar de trastes colocados en el fregadero despiertan al gato que, sin menor esfuerzo, vuelve a cerrar los ojos para dormir su siesta. Al cabo de varios minutos se cierra la llave del agua, mientras el arrastrar de las sandalias indican que la labor diaria ha terminado; cual efecto Doppler, la voz del locutor, que proviene de aquella radio, aumenta su intensidad junto con un paso lento. Finalmente, de la cocina, se asoma una mujer de edad avanzada, sosteniendo en una mano su mandil y en la otra su inseparable radio AM/FM.
Por años, la relación entre la cocina y la mujer han sido inseparables para la sociedad mexicana. En toda casa popular, modesta y una que otra pipiris nice, las celebraciones familiares eran, o continúan, comandadas por las mujeres de la casa. Aunque, sin lugar a duda, corresponde a una tradición que puede tener un origen poco verosímil. A mediados del siglo XIX la culinaria mexicana estaba dividida en dos sectores, el campo y la ciudad. En el primero, el hombre, por medio de las actividades del campo, proveía de la materia prima al hogar, y la mujer se dedicaba a procesarlo. En el segundo caso, la necesidad de integrarse a la vida urbana dejaba un corto margen para realizar labores del hogar, nos enfocaremos en este caso.
Sin embargo, la aparición de recetarios con platillos tanto europeos como mexicanos abre una interrogante. ¿Cuál era la intensión de este esfuerzo? Y aquí una suposición, la sociedad urbana comenzó un proceso de transformación, desde el gobierno se impulsaba un modelo de vida afrancesado; por lo tanto, la población debía estar entendida en dicha cocina, pero tampoco se podía dejar de lado la identidad nacional, así es que era necesario presentar recetarios con la intención de elaborar en casa, y que, poco a poco, formaran parte de la dieta mexicana. Este modelo continuó por varios años, sobrevivió a la Revolución Mexicana y sirvió como medida de subsistencia en aquellos momentos para el ámbito urbano.
Para la segunda mitad del siglo XX se había consolidado una sociedad femenina entendida en la cocina, con una serie de publicaciones semanales o de fácil acceso, como el caso de las recetas que acompañan a la comida enlatada o procesada, desde caldos de pollo en cubo, leches evaporadas o condensadas, hasta productos más modernos como el queso-crema o las sopas de pasta en bolsa. Al final del cuento, aquella estampa de la mujer urbana en la cocina no va más allá de principios del siglo XX, pero apuntaló una estructura familiar que hoy parece tener fecha de caducidad próxima.