En el texto en que presenta la colección de fotografías que con finísima puntería nombró Rompiendo el aire quieto, Rubén Orozco relata que la realizó persiguiendo aprehender el paisaje que imaginó cuando leía la obra de Juan Rulfo. Confiesa que además lo atrajo el atrevimiento de aventurar aquellos «territorios que el autor vivió, imaginó, creó». Pienso que no sólo lo consiguió, sino que fue más allá, pues alcanzó lo que todo artista que se respete persigue, aunque no siempre obtiene: obras originales, propuestas propias, aportaciones personales. Ya no una versión-ilustración del mundo de Rulfo, sino paisajes de Rubén Orozco. Eso.
En un giro que subraya —no sé hasta qué punto intencionalmente— otra analogía con la sensibilidad rulfiana, la muestra se compone de quince fotos o sea, es «breve, concisa y compendiosa», como define el diccionario la palabra lacónica. Tal cual la obra de Rulfo. Y así como don Juan consiguió la proeza de capturar el universo en apenas unas cuantas páginas, don Rubén con unas pocas imágenes logra articular un discurso visual de absoluta belleza (y riqueza). Y no es que su trabajo en el Llano Grande se limitara a ese puñado de fotografías, sino que intervino una meditada y rigurosa selección: es lacónica por voluntad propia.
Que definamos así su propuesta, de ninguna manera significa que tenga poco que decir; por el contrario, dice mucho y sustancioso —«compendioso»—. En sus fotografías, Rubén consigue capturar los registros del imaginario y del paisaje rulfiano, donde el sol reverbera sobre una tierra dura «como pellejo de vaca» y está poblado por fantasmas y soledades. Pero tal logro le queda corto y avanza descifrando los mecanismos con que el aire quieto consigue transformar un paisaje plagado de luces y sombras, de formas y líneas, de texturas y colores, y —emocionado— define-delínea-revela, dibujando con luz, sus hallazgos, su muy personal visión del paisaje del Llano Grande.
Y todo esto, que es bastante, lo obtiene con envidiable soltura —o por lo menos eso le parece al asombrado espectador que redacta estas líneas— demostrando que domina el oficio. Así, cada fotografía de Rompiendo el aire quieto está cargada de una atmósfera singular, resultado de una —en realidad quince— sabia composición que define con precisión de cirujano el encuadre, la profundidad de campo, la disposición de formas, el manejo de los valores cromáticos —o en su caso, de los grises en las blanco y negro—, las luces y sombras, las texturas… lo necesario para alcanzar el tono emocional, la narrativa, el impacto que busca y encuentra.
En alguna ocasión me tocó acompañarlo a realizar una fotografía. Después de observar detenidamente el paisaje-objetivo, acomodó con cuidado la cámara y luego esperamos horas —como se lee: horas— a que las nubes se acomodaran en su lugar, para conseguir la toma imaginada. Seguro así fue en cada una de estas quince. No recuerdo la última vez que expuso sus obras, pero fue hace mucho, lo que significa que son pocas las oportunidades que tenemos para observar su propuesta en directo, por lo que les aconsejo darse una vuelta por la Galería Alcalde (Paseo Alcalde 643, entre Guillermo Prieto y General Arteaga) y se asomen al peculiar hábito de rastrear nubes de Rubén Orozco. Vale la pena.