Murió Nemesio Oseguera Cervantes, líder máximo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), conocido como “El Mencho”. Mucho se ha escrito y se escribirá sobre la operación que lo abatió, sobre sus implicaciones y acerca de sus autores. Dejo esos importantes análisis a quienes tienen mejor información. Hoy prefiero detenerme en el hombre y, para ello, empiezo en el presente y camino hacia atrás.
Las imágenes de la casa donde habitaba son elocuentes. Una cabaña de buena factura, sí, pero semejante a tantas residencias de clase media alta en los fraccionamientos campestres de México. De hecho, comparada con las mansiones de algunos de los empresarios a los que extorsionaba, parecería incluso modesta. Por dentro, muebles sencillos, decoración sin mayor pretensión. Para alguien cuya fortuna se estimaba en hasta mil millones de dólares, el estilo de vida resultaba francamente austero.
Es posible que tuviera muchas más propiedades en distintos lugares. No lo sé; lo supongo. Pero la pregunta es inevitable: ¿de qué sirve acumular tanto si no se puede salir a disfrutarlo? ¿Para qué amasar una fortuna de esa magnitud, si tenía que vivir escondido, sitiado por el miedo? La respuesta es más psicológica que policíaca. En trayectorias de vida como la que tuvo Nemesio, suele haber vacíos profundos que se intentan llenar con poder y dinero.
Recolector de aguacate en Michoacán, migrante indocumentado en Estados Unidos, policía en Jalisco. En algún punto, su necesidad convirtió al dinero en su fin último. Y en el mundo que eligió, la única forma de garantizar ingresos y supervivencia fue la violencia extrema. Más que drogas o extorsiones, que eran apenas la envoltura de lo que él comercializaba, Nemesio decidió vender violencia. Ese fue su verdadero producto y el cimiento de su emporio. Y el espíritu de esa mercancía fue el odio no procesado, la ambición desenfrenada y la ignorancia emocional, intelectual y espiritual.
El problema es que ya no pudo detenerse. Nadie nunca le enseñó, como tampoco se enseña a tantos jóvenes obsesionados con enriquecerse, que la riqueza tiene dos momentos: el de obtenerla y el de usarla. El dinero puede ser objetivo al inicio, pero después debe convertirse en medio. Por supuesto no estoy justificando lo ilícito. Lo que afirmo es que, de haber entendido esa diferencia, quizá Nemesio habría buscado otro destino.
Hoy Nemesio está muerto. Pero al ver su encierro, su enfermedad y la vida limitada que llevaba, es inevitable pensar que llevaba años muerto en vida. Porque quien convierte el dinero en fin absoluto termina prisionero de él. Y cuando no se sabe hacer el bien, la vida no alcanza para gastar en el mal. Y esta es la reflexión filosofal, de corte criminal, de tu Sala de Consejo semanal.