Los índices tienen una enorme virtud y, a la vez, un enorme peligro: simplifican la realidad. Un índice es una medida sintética que combina distintas variables para representar, en una sola escala, un fenómeno complejo y permitir comparaciones. Precisamente por eso, su valor depende enteramente de qué mide, cómo lo mide y cuánto pesa cada componente.
El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) acaba de publicar su Índice de Competitividad Estatal 2026 (ICE26). El ejercicio analiza a las 32 entidades federativas del país, mediante 53 variables agrupadas en seis subíndices y pretende medir su capacidad para generar, atraer y retener talento e inversión. Este año, el Estado de México avanzó cuatro posiciones hasta ubicarse en el lugar 19.
No obstante, el primer problema de este índice aparece cuando contrastamos la medición con la realidad. Tanto en 2024 como en 2025, el Estado de México fue la segunda entidad del país en captación de inversión extranjera directa, y el año pasado fue la tercera en inversión nacional. Sin embargo, está lejos de los primeros lugares del índice. Esto por supuesto no invalida automáticamente al ICE26, porque competitividad e inversión no son exactamente lo mismo, pero sí obliga a preguntarnos qué están llamando competitividad y en qué medida tiene utilidad un índice que aparece tan alejado del comportamiento real de la inversión.
Esta pregunta se vuelve incluso más pertinente si revisamos los componentes a partir de los cuales se calcula el índice. Entre las variables utilizadas aparecen, por ejemplo, la morbilidad por enfermedades respiratorias y la mortalidad infantil. Si bien estos son indicadores importantísimos para evaluar bienestar y desarrollo social, su relación directa con la decisión de una empresa de instalar una planta o un centro logístico resulta, cuando menos, discutible.
El IMCO agrega, además, las variables mediante análisis de componentes principales, una técnica estadísticamente válida para sintetizar información, pero que asigna importancia según la estructura estadística de los datos; lo cual no demuestra que cada variable tenga el mismo poder causal o predictivo sobre la atracción de inversión. Ahí está otra importante limitación.
Podríamos seguir señalando errores metodológicos al índice, pero el objetivo no es descalificar al IMCO, pues su ejercicio tiene un vago valor referencial. Lo fundamental es recordar algo mucho más importante: un ranking nunca es la realidad, sino una interpretación cuantificada de ella. Y todo índice es tan bueno como la definición, las variables y la metodología que lo sostienen. Y en el caso del ICE26, ninguno de estos tres factores es el óptimo. Esta es la reflexión conceptual de tu Sala de Consejo semanal.