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Miércoles , 24.04.2019 / 09:48 Hoy

Analecta de las horas

Thoreau: el desobediente feliz

Ariel González Jiménez

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Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.

Walden


Es hora de recordar a Henry David Thoreau, no solo porque acaba de cumplirse su bicentenario (nació el 12 de julio de 1817) sino porque su notable influencia —no pocas veces deformada— sigue siendo perceptible de muchas formas, incluso por contraste ahora que lo hipster se ha instalado cómodamente entre nosotros con sus restaurantes, tiendas, peluquerías e izquierdismo naif, hermanado con animalistas, veganos y ecologistas de café, y toda esa buena onda de viajeros mochileros y compañía.

Desde luego, sería una pobre caricatura decir que es algo así como el padre de los hipsters, ecologistas y otros muchos rebeldes tal y como hoy los conocemos; en realidad, si éstos se tomaran la molestia de saber quién es Thoreau de seguro les parecería “de güeva”, una frasecita con la que muchas veces se descalifica lo no fácilmente digerible. Pero es un hecho que el pensamiento original de este gran autor estadunidense marcó a muchos otros pensadores que de algún modo han tenido diversas influencias prácticas más allá de la moda y superficialidad que rodean al hipsterismo, remedo sumamente grosero de algunas formas de contracultura.

La distancia de Thoreau con todo aquello que signifique seguir pautas, estilos y gestos uniformes es evidente: detestaba la vida social convertida en hormiguero. La falsedad de las convenciones y el consumismo que ya preveía, lo hicieron decir que “la riqueza de un hombre se mide por la cantidad de cosas de las que puede privarse”.

Ante su carácter polifacético, debe destacarse en primer lugar que estamos ante un filósofo con una de las plumas más brillantes del siglo XIX estadunidense, inspirador de cuanto pueda entenderse por literatura en esa gran nación.

De su capacidad para ver la vida con sencillez, diáfanamente, provienen sus palabras más elocuentes; de ahí se deriva todo lo demás: su actitud de ciudadano desobediente, dispuesto a defender su individualidad, su derecho a ser libre. Todo esto sin creer en la violencia ni en las revoluciones, sino en el ser humano, en su conciencia.

A pesar de sus estudios superiores, no creía en títulos académicos; tampoco en la enseñanza tradicional, por lo que renunció a dar clases en las escuelas oficiales (para no tener que disciplinar a golpes a sus pupilos). Sin embargo, fundó con su hermano una escuela donde instituyeron los paseos por los bosques y las visitas a diversos productores.

Gozó de la amistad y protección del ensayista Ralph Waldo Emerson, la gran figura intelectual de su época. Gracias a él publicó sus primeras obras y trabó contacto con otros escritores y pensadores, si bien lo suyo no eran los cenáculos intelectuales.

Participó casi toda su vida de la empresa familiar: una fábrica de lápices. ¿Qué objeto más noble podemos imaginar frente al papel? De hecho, se cuenta que perfeccionó el proceso productivo usando otro tipo de grafito.

Henry Miller lo describió por entero: “Thoreau vivió, mientras nosotros se puede decir que solo existimos… Visto desde la cumbre de nuestra decadencia, casi nos parece un antiguo romano. La palabra ‘virtud’ recobra su significado cuando se liga a su nombre”.

La leyenda de Thoreau, sin embargo, es la del hombre que abandona todo para entrar en contacto con la naturaleza, cosa que hizo durante dos años a la orilla del lago Walden Pond, en Concord. Fue ahí que se rehusó a pagar impuestos que creía injustos y donde pergeñó su más conocida obra, Walden o La vida en los bosques.

No falta quien crea que Thoreau se quedó en el bosque. Pero no es así: “Abandoné el bosque por una razón tan potente como aquella que me llevó a él. Me pareció que quizá tenía ya varias vidas más que cumplir y que no podía dedicar más tiempo a esa clase de vida. Es notable cuán fácil e insensiblemente reincidimos en un camino particular y lo convertimos en un sendero trillado”.

Y eso es lo que hace grande a Thoreau: su apertura mental para entrar y salir de distintos paisajes; su flexibilidad y sentido común para vivir la vida; su sencillez (¡siempre la sencillez!) para intentar ser feliz. Sabía que Walden está más allá del bosque y que solo puede residir plenamente en nuestra actitud frente al mundo.

ariel2001@prodigy.net.mx

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