Política

¿Regular o censurar las redes sociales?

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Es un tema que me obsesiona. Imagínese, es parte de mi tesis doctoral sobre desbordamientos emocionales. Por eso, cuando la semana pasada vi a Jonathan Haidt con Claudia Sheinbaum hablando de redes sociales, teléfonos y niños, pensé que su presencia no solo era pertinente, sino urgente. De lo que ya no estoy tan segura es de que Haidt haya dicho lo que nuestra Presidenta quería escuchar.

En 2015, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff publicaron uno de los cinco artículos más leídos en la historia de la revista The Atlantic. El texto abría diciendo: “Algo raro está pasando en las universidades”. Habían detectado que la primera generación que inició su vida social a través de redes sociales, es decir, la primera nativa de redes sociales, era distinta. Con el tiempo, Haidt en su calidad de psicólogo social, definió esos síntomas como ansiedad, depresión, autolesiones y suicidio. Lukianoff, por cierto, es abogado y uno de los grandes defensores de la libertad de expresión en Estados Unidos. Esa combinación es importante. No lo olvide.

Los datos que acompañan el trabajo de Haidt son tan elocuentes, que este año fueron parte del World Happiness Report 2026 que dedicó la edición a Redes Sociales. En su libro The Anxious Generation, Haidt propone como medidas de contención, prohibir el uso de telefonos en las escuelas y retrasar la entrada en redes hasta los 16 años. El mundo se está moviendo en esa dirección: la Unesco registra hoy restricciones al celular en las escuelas en 58% de los países del mundo. En México, cerca de 14 estados han adoptado ya alguna medida.

Por eso el debate que abrió Claudia Sheinbaum es necesario. La Presidenta ha hablado de celulares en las escuelas, edades de acceso, responsabilidad de las plataformas y diseños adictivos. Todo eso merece una discusión seria. El problema apareció cuando añadió otra cosa: dijo que hoy no está regulado “ningún tipo de información” y sugirió la posibilidad de “regulación de ciertos temas”. Esto ya no sonó tan bien, y es que ahí ya no estamos hablando de lo mismo.

La frase pesa más porque llega mientras el gobierno libra otra discusión, la de los derechos de las audiencias, donde cada sospecha de censura recibe una respuesta tranquilizadora: no queremos censurar. Puede ser. Pero el problema de la libertad de expresión nunca ha sido adivinar las buenas intenciones del poder. Ha sido ponerle límites.

Sin proponérselo, Haidt hizo exactamente eso desde Palacio Nacional. Después de respaldar la preocupación mexicana, fue muy preciso: “que se centren en el diseño de las plataformas, no en regular o prohibir contenidos”.

Como algunos han dicho, la diferencia es simple. Impedir que un menor entre a un sitio pornográfico no significa que el Estado deba decidir cómo se filma una película pornográfica. Prohibirle comprar alcohol a un menor no autoriza al gobierno a decidir a qué sabe el tequila o prohibirles a los menores jugar en un casino no autoriza al gobierno a decidir con qué barajas juegan los adultos.

Regular edades, accesos, algoritmos, mecanismos adictivos y teléfonos escolares es una cosa. Regular ideas, opiniones o información es ejercer poder sobre la conversación.

A los menores se les puede poner una edad de entrada. A los adultos no se nos debe poner un tutor.


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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