Engañado, decepcionado, furioso. No puedo creer la mediocridad de la transmisión del partido México vs. Portugal del 28 de marzo.
Si así van a estar las cosas durante el Mundial de Futbol, lo menos que puedo augurar es un problema social que no nos vamos a acabar nunca. ¡Qué fraude!
¿No se supone que era la flamante reinauguración del Estadio Banorte después de mil y un promesas?
¡Por el amor de Dios, quién puede odiar tanto al Estadio Azteca como para no hacer nada! ¡Nada! ¡Absolutamente nada en términos de televisión!
¡Me muero de la vergüenza! ¡De la rabia! ¡Del dolor! Ni el pueblo de México ni los comunicadores de TUDN se merecen eso. ¡No es justo!
Le explico: independientemente de que nos prometieron un estadio que no está como nos dijeron que iba a estar, durante muchísimo tiempo nos vendieron la idea de que el sábado pasado íbamos a vivir un acontecimiento histórico.
Lo que no nos aclararon fue que el acontecimiento histórico, si es que existió (porque hasta un muerto hubo), fue sólo para un grupo de privilegiados que iban a poder ir al estadio para lucirse subiendo sus vanidades a las redes sociales.
Si algo tiene el futbol es un carácter social. Es el deporte del pueblo.
¿Y cómo fue que se convirtió en esto? Gracias a la televisión. Pocas cosas pueden ser más democráticas que ver el futbol por televisión.
El evento del 28 de marzo fue pensado para todo menos para la televisión. Por tanto, no fue una fiesta democrática. Fue el privilegio de unos cuantos. Un acto de egoísmo.
Yo sí me tragué todas las exageraciones que durante semanas nos vendieron en los noticiarios y en las redes “oficiales” y me preparé para algo especial a través de la señal de Canal 5.
Durante días me mordí las uñas tratando de imaginar la ceremonia de reinauguración, el acto protocolario, la transmisión de un video del antes y del después y, por supuesto, la participación de las más famosas estrellas del México de hoy.
¿Y qué fue lo que nos dieron? Un mazacote audiovisual sin ritmo ni estructura, súper penoso, donde no se entendía nada y un puñado de comunicadores desconocidos nos trataba como estúpidos.
Alex de la Rosa, Andrés Vaca y Miguel Layún estaban tan preocupados por recitar un guion tan pavorosamente propagandístico que no había manera de creerles nada.
Se veían tensos, nerviosos, utilizando el típico mecanismo de defensa de los comunicadores en apuros: gritar a mil por hora para tapar el más mínimo silencio e impedir así que las audiencias tengan la oportunidad de darse cuenta de que no tienen ni la más mínima idea de lo que están diciendo.
Todas sus frases eran lugares comunes. Mentira tras mentira. Quisieron hacerle un homenaje al público. No les salió. No había manera de conectar. Ni siquiera volteaban a la cámara cuando debían. Se nota que no ensayaron, que no los dirigieron.
Lo peor vino después, cuando nos dimos cuenta de que no había una narrativa.
Todo lo que nos debieron haber dicho y mostrado sobre el nuevo Estadio Banorte jamás nos lo dijeron. Jamás nos lo mostraron.
Era ahí donde lo tenían que hacer. Ahí: en la transmisión del partido. No en los noticiarios. No en las redes sociales.
¿Por qué? Porque ahí es donde estaba el público del futbol. Lo demás es política, influencia, otra clase de negocios.
Luego vino lo peor: el atascadero. Atascadero de menciones comerciales. Atascadero de comunicadores. Faltas de respeto.
¿Fue me imaginación o a las pocas figuras del periodismo deportivo verdaderamente reconocibles de esa transmisión las marginaron? ¿Por qué? ¿Por edadismo? ¿Para privilegiar a los consentidos?
A las personas que estábamos de este lado de las pantallas nos hubiera encantado que le hubieran dado su lugar a Miguel Herrera, a Ricardo Lavolpe y a David Faitelson. Si no, ¿para qué los llevaron?
No, y ni hablemos de Gibrán Araige, de Mauricio Ymay o de Fernando Guerrero porque entonces sí no vamos a acabar nunca de quejarnos.
¿A qué me refiero cuando hablo de faltas de respeto? A situaciones delicadísimas como el mal llamado “espectáculo de medio tiempo”.
Es un error corporativo, una grosería total, que los conductores de esta cochinada le digan al público de la televisión que va a haber un espectáculo de medio tiempo y que si lo quieren ver, se van a tener que ir a YouTube.
¿Por qué es un error corporativo? Porque el mensaje de la televisión es: no vean la televisión. Vean YouTube. ¿Así o más imbécil?
¿Por qué es una grosería? Porque esa gente asume que quien está frente a la tele tiene todo para irse a YouTube y pues no. Las cosas no siempre son así.
Pero espérese, se pone peor porque a los anunciantes de la tele les estás quitando público. ¡Les estás quitando ventas! Se vea por donde se vea es exactamente lo que no se debe hacer.
Pero espérese, todavía no llego a lo más asqueroso: el “espectáculo de medio tiempo” no fue un espectáculo de medio tiempo.
Fue una ocurrencia como de festival escolar de colegio privado en donde una pareja de niños sobreactuados movía la boca mientras su audio iba por otro lado.
¿Y todo para qué? Para rematar con la versión más chafa jamás escuchada de la canción “Cielito lindo”.
Sé, porque los privilegiados que fueron al estadio subieron otra cosa, que en vivo aquello fue impresionante porque la multitud entera se puso a cantar.
¡Pero qué cree! En la “tele” (o sea, en Youtube), ése no era el audio y el resultado, sumado a la de una muy torpe dirección de cámaras, fue de un patetismo vergonzoso.
Jamás vimos a una cantante, a un cantante, a nadie medianamente famoso que le diera sentido a ese provincianísimo “show” de luces que, supongo, tenía por objetivo presumir lo nuevo del Estadio Banorte y que, por falta de humildad, jamás quedó claro.
¿Pero quiere que le diga lo más detestable? Que mientras esto pasaba en YouTube, en Canal 5 tuvieron el descaro de hacernos perder el tiempo con otras tonterías y de que el conductor a cargo nos dijera que por allá, de fondo, estaban cantando el “Cielito lindo”.
¿Por qué son así? ¿Por qué no saben hacer bien las cosas? ¿Por qué se olvidaron del público? ¿Por qué no pensaron en algo más que quedar bien con sus jefes?
Tengo miedo. Si así van a estar las cosas durante el Mundial de Futbol, lo menos que puedo augurar es un problema social que no nos vamos a acabar nunca. ¿O usted qué opina?