Me da mucha pena que El último rey, el hijo del pueblo haya comenzado con un escándalo, pero así suele ser con las grandes obras.
Acuérdese de Colorina, de El crimen del padre Amaro o de La ley de Herodes.
Algo tenemos en este país que batallamos para que se digan las cosas, para que se hagan las cosas.
Y luego está este asunto como de rivalidad mal entendida con Netflix. Ya me tocó en las redes la ira de la gente que grabó con Jaime Camil.
Perdón, pero una serie no excluye a otra. El sol sale para todos. Igual y lo de Netflix es magistral, pero tal y como sucedió con este proyecto de TelevisaUnivisión, no podemos decirlo hasta que no se estrene.
Ya Netflix se encargará de hacerle promoción, de informarnos dónde se grabó, cómo se grabó y se señalar qué tan mexicana, colombiana o gringa es. No nos tenemos que pelear.
Debemos agradecer que tenemos una estrella como Vicente Fernández capaz de crear esto y más, recordarlo con amor y entender que antes que “pertenecer” a una casa productora o a una plataforma, somos un gremio. Que todos estamos juntos en esto.
¿Pero qué pasa con la serie? ¿Qué podemos decir de El último rey, el hijo del pueblo? Que es buenísima, poderosísima, sensacional.
Olvidemos por un momento marcas, odios e intereses. Aquí está pasando algo hermoso:
Por primera vez en Las Estrellas se está transmitiendo una serie mexicana calidad global.
Ésta no es una telenovela disfrazada de serie, una mutación entre serie y telenovela o, perdón por decirlo así, la típica serie latinoamericana de bajo presupuesto que habíamos estado condenados a hacer hasta hace muy poco.
Es una serie de verdad. Se ve como de Estados Unidos, como de España o como de Corea.
Es cine, cine en televisión asesorado por el gran Jorge Fons (El callejón de los milagros) y puesto en pantalla por el enorme director Eric Morales (Caer en tentación).
Da gusto ver estrellas de verdad, tantas, dando cátedra de actuación para transformar en imágenes el imperdible libro de Olga Wornat.
Pablo Montero está increíble. Nunca en su vida había hecho una interpretación de este tamaño. El señor no sólo luce sensacional, canta fabuloso, actúa como pocos y está sacando la casta con un nivel sorprendente.
Iliana Fox está haciendo un trabajo de una dulzura exquisita. Proyecta todo el valor de la maternidad, pero con una dignidad, con una clase, digna de aplauso. Es verdaderamente grandiosa.
¿Qué le puedo decir de Angélica Aragón que vaya más allá de los lugares comunes por la posición que ocupa en la historia de la cultura y del espectáculo de este país?
Que la señora, con el nivel de su actuación, está contribuyendo a tres cosas muy importantes:
A dignificar la muy pisoteada figura del periodista en este país, a devolverle el respeto perdido a nuestros amadísimos adultos mayores y, lo más admirable, a inyectarle categoría a esta producción de Juan Osorio.
Ver a Angélica Aragón aquí es como ver a Meryl Streep en No miren arriba, como ver a Carmen Maura en Alguien tiene que morir. Es un acontecimiento y no estoy dispuesto a discutirlo.
¿Y qué me dice de la participación del maestro Salvador Sánchez, de César Évora, de Iván Arana, de Emilio Osorio y de todos los demás?
No se trata solamente de que sean famosos o de que hayan participado en conceptos fundamentales. Se trata de que están dejando el alma en cada escena.
¡Y qué escenas! El último rey, el hijo del pueblo no inició como todas las bioseries. Se fue directo a la yugular con algo muy fuerte, con algo que nos remueve cosas a todas, a todos.
¿Qué le pareció el tamaño del espectáculo? ¿Qué opina de los valores de producción?
Para Juan Osorio hubiera sido muy fácil repetirse, copiar a otros, pero no, una vez más se reinventó y nos está ofreciendo una faceta completamente nueva de él apoyado en el gran talento de los escritores Pablo Ferrer y Santiago Pineda.
¿Cuál es la nota? Que esto es una muestra de lo que va a venir con TelevisaUnivisión, con VIX. ¿Se da cuenta? El futuro pinta muy bien. ¿O usted qué opina? ¡Felicidades!
alvaro.cueva@milenio.com