Epicentro cultural y de poder, político y financiero, Nueva York está en la imaginación de una u otra forma. En la universidad saltaba para algunos en las películas de Scorsese, en especial aquel capítulo de Historias de Nueva York con Nick Nolte y Rosanna Arquette a ritmo de “Whiter Shade of Pale”. Para otros esa ciudad era el entorno de algunas páginas de Philip Roth y Paul Auster, mientras que otros la hallaban desde el rock como origen de bandas, tipo Kiss, y en el deporte, obvio, la casa de los Yankees.
Yo la percibía desde dos referentes: primero el final de la película El planeta de los simios (Franklin Schaffner, 1969), ingeniosa solución a la misión imposible que es llevar a la pantalla el verdadero final de la novela de Pierre Boulle, con Charlton Heston y compañía escapando de los gorilas a caballo sólo para encontrarse en la playa, enterrada, la Estatua de la Libertad, y segundo el Museo de Historia Natural, que alberga los fósiles de titanes del Jurásico, algunos más del Cretácico y aves del terror del Pleistoceno.
Mi primer viaje a Nueva York coincidió con el aniversario 50 de la ONU y había un despliegue espectacular de agentes en gran parte de Manhattan, con helicópteros negros sobrevolando las calles entre los rascacielos y una agitación propia de las innumerables películas y series que ahí se cocinan. En el edifico Dakota no había valla que contuviera a los curiosos que querían conocer el lugar donde cayó John Lennon en 1980, como el de la voz, y un ferri me condujo a la Liberty Island para pisar esa región convertida en playa en el filme de los simios. Desde el primer nivel se distinguían las Torres Gemelas: era 1995.
Recordaba todo eso no sólo por los 25 años del 11-S, sino también porque sobrevino una coincidencia empezando a leer La vida es breve, etcétera (Libros del Asteroide, 2025), de la italiana Veronica Raimo, cuyo primer cuento titulado “Los enanos no se miran” lanza al lector, con gran dosis de humor negro, directo a la antesala de aquella hecatombe.