Aficionado a los dinosaurios desde temprana edad, a menudo me preguntaba cómo definían los científicos los nombres de cada especie descubierta, antes incluso de saber la cosa de los latinajos y de la revolución de Darwin con el tema del origen de las especies. Algunas designaciones suenan formidables, tanto como lucen algunas características de estos animales prehistóricos, y otras son simplemente
impronunciables.
No hay modo de ignorar el talento de algunos paleontólogos en esa tarea bautismal, como el que identificó a Quetzalcuatlus, el reptil volador tan alto como una jirafa hallado en Texas, en homenaje a la Serpiente Emplumada del México antiguo, o el que zanjó con un nombre el debate sobre quién es quién entre los pesos completos: Tyrannosaurus rex.
Debe ser una tarea ingente, sin embargo, enfrentarse al hecho de que cada vez hallan especies más grandes, con lo que se empieza a complicar la etiqueta ideal. Si echamos un vistazo a los gigantes saurópodos, los herbívoros cuadrúpedos del Jurásico y el Cretácico, encontramos designaciones monumentales: Vulcanodon, Titanosaurus, Supersaurus, Ultrasaurus y Sauroposeidon.
Esos nombres nos remiten a la mitología unos y al uso de prefijos que denominan lo inmenso, lo poderoso y lo exorbitante otros. Designan a criaturas que en su edad adulta eran tan grandes como edificios, pese a que solo se alimentaban de vegetación, pero las condiciones de su mundo, con más oxígeno que en nuestros días, eran propicias para crecer y crecer. El planeta les
pertenecía.
Llama la atención esa búsqueda de referentes humanos o de ficciones o creencias humanas en la denominación de los dinosaurios, así como de los reptiles marinos y voladores de eras geológicas antiguas, porque no es muy distinta a la que hacen otros científicos, como los entomólogos, cuando deben emprender la tarea de nombrar insectos o arácnidos actuales de tallas descomunales, como la araña Goliat de Madagascar, la avispa cazatarántulas o los escarabajos Atlas y Titán.