En el artículo dedicado al día de la independencia de Ucrania se ve el intento de blanquear al régimen neonazi de Kiev por parte de uno de sus patrocinadores y de ocultar su deshonroso papel en la exacerbación del conflicto con hipócritas eslóganes sobre el “valor universal de la libertad”. Lamentablemente, el panorama que se presenta en el artículo no corresponde con la realidad.
Desde la disolución de la URSS en 1991, Rusia y Ucrania mantuvieron estrechas relaciones de buena vecindad. Rusia nunca puso en duda su independencia. Esta situación no satisfacía a la UE, que tenía en la mira una expansión colonial al espacio postsoviético en el marco del principio “divide y vencerás”. Ucrania se convirtió en un campo de manipulaciones de ingeniería política. Fruto de otro golpe de Estado en 2014, con el apoyo de los países de la UE, se llevó al poder en Ucrania a una élite ultranacionalista, de hecho neonazi. Para entender quiénes son, basta mencionar que su héroe es Stepan Bandera, colaborador de Hitler, en cuyo honor ahora se erigen monumentos y se nombran calles. Ucrania ha perdido su soberanía y se ha convertido en un dron kamikaze controlado a distancia, cuyo objetivo es causar daño a Rusia. Marco Rubio calificó el conflicto como una “guerra proxy contra Rusia”. A partir de este momento felicitar a los ucranianos por su independencia no es sino una burla.
La primera decisión de los golpistas fue prohibir el uso del idioma ruso, infringiendo el artículo 10 de la Constitución de Ucrania, como si el país no tuviera problemas más apremiantes. Ahora Ucrania es el único país del mundo en el que está prohibida la lengua de una minoría étnica. Después, declararon terroristas a los habitantes de las regiones de etnia rusa que no reconocieron el golpe de Estado y lanzaron una “operación antiterrorista” militar contra ellos. Durante ocho años, el ejército ucraniano bombardeó ciudades del Donbás y asesinó a civiles.
¿Qué hay del respeto de sus derechos y de la libertad de expresarse en su lengua materna?
Al mismo tiempo, siguiendo las instrucciones de Occidente, Kiev comenzó a preparar el terreno para acercar la infraestructura militar de la OTAN a las fronteras rusas. Rusia ha advertido en repetidas ocasiones que considera la amenaza de la OTAN inaceptable y existencial. Ni mucho menos Rusia puede aceptar la discriminación y los asesinatos de nuestros compatriotas.
En la actualidad las violaciones de los derechos humanos en Ucrania son una rutina. No hay libertad de expresión ni de acceso a la información; se reprime la disidencia y se lleva a cabo persecución por motivos políticos. Se secuestra a la gente en las calles en el marco de una movilización forzosa. Al frente del país se encuentra una persona que, infringiendo los artículos 5 y 103 de la Constitución, se autodenomina “presidente”, aunque su mandato expiró hace más de dos años y él mismo anuló las elecciones. Kiev libra una guerra terrorista contra la población civil de Rusia: lanza ataques con drones contra residencias estudiantiles y viviendas, mata a personas que descansan en las playas, destruye buques civiles que transportan cereales y fertilizantes en el mar Negro, provocando hambre y escasez de alimentos en países necesitados. Los patrocinadores europeos prefieren hacer la vista gorda ante todo esto. Mientras el régimen de Kiev cumpla su función de debilitar a Rusia, se le perdona todo: los crímenes de guerra y la violación de su propia Constitución y de los derechos humanos. Occidente no cambia su lógica: “es un canalla, pero nuestro canalla”.
Al describir el papel de la UE en la crisis ucraniana, no se puede pasar por alto los Acuerdos de Minsk, el plan de resolución pacífica acordado en 2015. Como reconocieron más tarde con cinismo los exlíderes de Alemania y Francia, Angela Merkel y François Hollande, Occidente nunca tuvo la intención de cumplir estos acuerdos: se trataba de una maniobra para ganar tiempo y armar a Ucrania contra Rusia.
La independencia implica soberanía: la capacidad de determinar de forma autónoma su propia política interior y exterior, y no ser una herramienta en las aventuras geopolíticas ajenas. La libertad no puede ser selectiva, y los derechos humanos no deben depender del idioma, la nacionalidad o las opiniones políticas. Si estos valores son realmente universales, deben aplicarse a todos. De lo contrario, se produce el racismo, compañero inseparable del colonialismo.