No recuerdo una noche donde los mexicanos logramos olvidar aquello que nos divide, sólo por el futbol.
México derrotó con autoridad a Chequia y lo hizo con un marcador contundente, con personalidad y quizá lo más importante: con una idea clara de juego. No fue una victoria construida desde la desesperación o la improvisación, ni desde la casualidad. Fue el resultado de un equipo que entendió cuándo sufrir, cuándo acelerar y cuándo golpear. El 3-0 no sólo refleja superioridad; refleja madurez.
Durante años nos acostumbramos a un futbol mexicano muy mediocre que jugaba con miedo en los momentos importantes.
Pero lo verdaderamente poderoso ocurrió fuera de la cancha. Las plazas se llenaron, las familias salieron con la camiseta verde, los restaurantes tuvieron mejor venta que la del domingo por el día del padre, los gritos de gol cruzaron colonias enteras y durante noventa minutos dejamos de discutir sobre inseguridad, polarización, política o campañas adelantadas.
El país, tan acostumbrado a dividirse por cualquier tema, encontró un punto de encuentro. Y ahí aparece la lección que trasciende al futbol.
La política quiere hacernos creer que sólo avanzamos cuando alguien pierde, que gobernar consiste en aplastar al adversario o que la confrontación permanente genera liderazgo.
El deporte demuestra exactamente lo contrario. Los equipos ganan cuando cada jugador entiende su función, cuando el talento individual se pone al servicio del grupo y cuando nadie pretende resolver el partido solo.
México necesita esa lógica fuera de las canchas.
Necesitamos instituciones que jueguen en equipo. Gobiernos que entiendan que coordinar vale más que confrontar. Oposición que critique para mejorar y no para destruir. Ciudadanos que exijan resultados, pero que también sepan reconocer cuando las cosas se hacen bien.
La selección no resolvió los problemas del país. Sería ingenuo pensarlo así. Inmediatamente después de los festejos volvieron las discusiones, los pendientes y las diferencias, pero nos recordó que todavía somos capaces de emocionarnos por un buen resultado y una misma causa.
Ojalá esa sea la enseñanza que sobreviva cuando termine la competencia internacional.