Cultura

Museo

Siempre que estoy en la Ciudad de México visito el Museo de Antropología. Me encanta ese lugar porque cada vez la experiencia es distinta.

Siempre que viajamos mi mujer, mis hijos y yo, ya sea a un sitio arqueológico o un museo, contratamos a un arqueólogo para una visita guiada, pues me parece fútil e ingenuo deambular entre montones de rocas cubiertas con pasto y matorrales frente a letreros y explicaciones breves e inconsecuentes. Aunque reconozco que la contemplación de estos sitios sin la información histórica es una experiencia distinta y valiosa. De eso hablaré en otro momento.

En una primera impresión, el museo se presenta como una colección ordenada de fragmentos reacomodados bajo una museografía didáctica. Dudo que sea del todo funcional. ¿Es capaz la museografía de mostrar lo que realmente sucedió en toda esta secuencia histórica? Creo que no. El discurso que construye se adapta a la visión que nos hemos creado de la historia, más que a la historia misma. Porque la historia está conformada por ruinas, de pedacerías de barro, roca, cerámica, cuero, papel, textiles, vidrio y metal, y con todo eso nos vamos confeccionando historias –no una historia, sino una entretenida colección de ellas–. Bajo esa idea, el museo funciona más como un parque de diversiones que como un espacio académico. Creo que es más efectivo creando una ambientación en donde podemos aislarnos de nuestra cotidianidad, creando un alienamiento que nos lleva a abstraernos. Para mí eso vale más que la pretensión de ofrecer una experiencia académica, informativa. Porque, el que quiera aprender, pues que busque el aparato pedagógico adecuado para tal efecto. Y entonces sí, el museo aparece frente a él como una interesante colección de fragmentos que adquieren sentido ya bajo el esqueleto informativo. El museo no está capacitado para educar de manera directa.

El museo funciona también como una cámara de percepción psicosocial; me recuerda a la película Stalker, de Tarkovski, donde un grupo de personas es llevado por un guía a un sitio visitado por alienígenas y en el cual atraviesan una serie de escenarios donde experimentan una variedad de fenómenos inquietantes y enigmáticos. Así, cada sala excita recuerdos, despierta alguna emoción latente y genera reacciones particulares. Cada cacharro, estela, pintura, bajorrelieve, talla y monolito no cuentan historias: invitan al espectador a crearlas. Experimentamos entonces una reinvención, una reconfiguración de la manera en que nos percibimos allí, en esos momentos, frente a toda esa fragmentación de siglos acumulada y expuesta ante nosotros, generando una extraña inmediatez que nos obliga a reconocer que somos producto de una pulsión constante y que no somos capaces de asimilar ni de comprender del todo. Estamos embebidos en un flujo caótico de momentos históricos que, por más que intentamos controlarlo y darle sentido, su ímpetu nos revuelca constantemente. No somos más que un lastre inconsecuente de los tiempos que nos arrojan a un escenario de desolación.

El museo es un retrato incómodo de lo que somos: una civilización fragmentada que intenta de manera frenética y compulsiva reorganizarse a cada momento para no perder la cohesión, la cordura y la identidad.

Todas esas civilizaciones que construimos con pirámides, palacios, jardines y monumentos no son más que inútiles intentos por trascender, y conservar sus ruinas sólo revela nuestra necedad por mantener la ilusión de la perpetuidad.

Tal vez exagero y entonces siento que el museo no va más allá de un bonito, relajante e interesante paseo dominical. Pero no puedo evitar sentir, mientras paseo por todas estas salas, que toda esa historia, todos esos objetos y estructuras tengan poco o nada que ver conmigo; yo estoy allí solo como un fantasma, un espectro que pasa desapercibido y que no dejará atrás absolutamente nada. Quizá todo este espacio no sea sino un recordatorio apocalíptico de lo que nos espera.


Google news logo
Síguenos en
Adrián Herrera
  • Adrián Herrera
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.