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Hoy sábado es la reunión de mi generación de prepa. Cumplimos 40 años. La reunión está programada para el mediodía, pero no voy a asistir porque presento un libro en la FIL. La cual, por cierto, he estado visitando, como todos los años. El jueves presenté un libro ahí, estuve merodeando los pasillos y di con algunas cosas interesantes. En un puesto compré un librito de la editorial Aguilar de los años cuarenta, Viejas historias de la vieja España, una joya, y luego me hice de cuatro volúmenes de La novela de la Revolución Mexicana. Ya no me dio tiempo de seguir deambulando, pero hoy sábado llego temprano y veo si logro un jugoso botín. El caso es que, conversando con un par de compañeros, sobre todo aquellos que vivimos en la prepa, terminamos hablando de libros. Además de los libros impresos, casi siempre cargo con un Kindle. Los libros electrónicos suelen ser muy baratos y en un aparato como ese le caben un chingo. Los que tengo en el mío suelen ser obras de consulta, libros muy caros en versión impresa u obras completas de autores clásicos que, de tenerlos en formato físico, ocuparían mucho espacio en mi biblioteca. –¿Te imaginas lo que hubiéramos logrado en la prepa con este aparatito?–, preguntó uno de los compañeros. Otro contestó que muy probablemente nuestro nivel cultural y académico habría mejorado. Entonces intervine y anoté lo siguiente: –No lo creo; no son los recursos, es la actitud, la cultura, la predisposición. Cuestión de checar las estadísticas: ni con libros regalados logramos aumentar o mejorar el nivel de educación de la gente.

Para mí es frustrante admitir esta realidad, porque me emociona mucho saber que, ahora mismo, puedo consultar cualquier escrito de Séneca o la poesía completa de Machado, entre mil cosas más, y gozar de una sabiduría de manera inmediata y sin restricciones. Esto es una biblioteca de Alejandría contemporánea a la que se puede entrar desde un teléfono celular. De no creerse. En la prepa teníamos que consultar toda clase de obras en la biblioteca de la escuela, ya sea tomando notas o sacando copias fotostáticas, además de lo poco que podíamos tener en casa. No había internet, la información la encontrabas de otra manera. Por eso mi queja con la apatía por aprender, por leer cualquier cosa que te llame la atención. La buena noticia es que se siguen imprimiendo libros, y muchos. La gente sí lee, sólo es cuestión de forzar un poquito ese hábito para que las nuevas generaciones eleven su nivel.

Hace 40 años. Salimos en 1986 y hoy el mundo es otro. Algunos nos supimos adaptar, otros no. La mayoría de ese grupo de prepa permaneció más o menos igual, sólo nos fuimos acostumbrando a las nuevas condiciones y circunstancias, pero sin comprenderlas realmente. A estas alturas ya no se puede enderezar chuecos, se vive con lo que se tiene y con lo que se hizo. Por más que intento convencer a gente más joven de que tienen que leer y que poseen acervos y herramientas que aceleran y hacen más eficiente el proceso de aprendizaje y el de creación, si no se tiene la cultura, la intención y la motivación por hacerlo, no va a ocurrir nada. Bueno, sí: va a pasar el tiempo. Qué desgracia. Yo por lo menos tengo la oportunidad de pasearme por la Feria del Libro, dejarme llevar por las emociones del momento, comprar sin pensar y luego sentarme a leer, como decía mi mamá, “en santa paz de Dios”.

Dice Borges: “De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo, sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. Pues sí. Pero de qué sirve poner tanta cita y exponer argumentos y exhortos cuando a la mayoría de las personas les importan tres kilos de rancios genitales. El punto fundamental no es la lectura, es la capacidad para correlacionar la información y confeccionar una idea de la realidad y de nosotros mismos. Pero eso ya es mucho pedir. Por lo pronto vamos a leer sólo por el placer de hacerlo. Así se empieza.


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Adrián Herrera
  • Adrián Herrera
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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