Por: Ángeles Mastretta
Ilustración:Gonzalo Tassier, cortesía de Nexos
Hoy ya nada es silencio, está afuera todo el mundo: retando al horizonte y lo que venga con él. ¿Se equivocan? No sé. Espero que no, pero aún rige mi vida la cautela, porque tengo un tesoro al que quiero, sana y salva, cargar toda la vida que me quede. Tengo un niño que me trajo el primero de estos meses bisagra que unen un año con el otro, volviéndolos el mismo. Un niño que apenas pude tener en brazos hace unos días. Nada más fue tocarlo y me tembló el corazón en la punta de los pies. No sé si merecía esta dádiva, pero la bendije tanto más de lo que otras veces reniego del azar cuando es malo. Mi hija me lo prestó y él siguió durmiendo, como si no hubiera salido del regazo en que lo tenía. Sus ojos cerrados son una línea larga que a veces tiñe sus párpados de azul. Todavía no se sabe qué color van a tener. Cuando los abrió vi que pintaban la casa entera con una luz igual a la que según dicen sale de un cráter en Marte. Creí que me miraba. Ya sé que al principio no ven más allá de treinta centímetros. Pero no importa, lo crucial es su boca, el hambre respingada que alimenta su madre con suavidad de diosa.