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Universidades más inclusivas

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El reciente escándalo sobre los sobornos para ingresar a las instituciones más importantes de EU, refleja la necesidad de mejorar la educación superior.
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Cuando Alexandria Ocasio Cortez, la nueva e influyente congresista demócrata, fue criticada recientemente por los padres, durante un debate sobre las escuelas públicas de Nueva York, respondió hablando sobre la carencia de oportunidades decentes para los niños de la ciudad. “Lo que sucede aquí, es que nos estamos peleando unos con otros, es exactamente lo que sucede bajo una mentalidad de escasez”, dijo.

Ocasio-Cortez describió un fenómeno que se manifiesta de muchas maneras diferentes, a medida que el crecimiento económico se desacelera en el mundo desarrollado. Cuando el pastel deja de crecer, las peleas se vuelven más feroces y sucias sobre cómo dividirlo.

Una de las áreas en las que esto se observa de manera más emotiva es la educación, un tema crítico para las oportunidades de vida de nuestros hijos. 

A medida que los países desarrollados se hicieron cada vez más ricos durante gran parte del siglo XX y las oportunidades educativas se expandieron, la movilidad social absoluta -la probabilidad de que a los hijos les vaya mejor que a sus padres-, se convirtió en algo común.

Por supuesto, nunca hubo una meritocracia perfecta. Las élites siempre usaron su riqueza y conexiones para poner un “piso de vidrio” debajo de los pies de sus hijos. Pero eso parecía importar menos, cuando era lo suficientemente fácil que otros se les unieran. 

Ahora, en un mundo con estancamiento en el crecimiento y enormes abismos entre la parte superior y la inferior, las posibilidades de llegar a la élite se sienten más reducidas, incluso cuando las recompensas económicas por hacerlo se vuelven más grandes.

 Al mismo tiempo, las sanciones económicas por no garantizar una educación decente se han vuelto más severas en la actualidad. 

Un nuevo estudio que realizó el profesor David Autor del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), muestra que las personas sin educación universitaria en las ciudades estadounidenses están empleadas en trabajos sustancialmente menos calificados que hace 40 años. El estudio responsabiliza a la automatización y a la globalización por la erosión de puestos decentes de mediana calificación.

Mientras tanto, a los jóvenes (y a sus padres) les preocupa que un título universitario mediocre pueda generarles muchas deudas y un trabajo poco calificado. 

No es un temor irracional. Una investigación reciente descubrió que 15% de los estudiantes universitarios del Reino Unido, acudían a una institución que tenía un impacto insignificante o negativo en sus ingresos a los 29 años.

 Con tanto en juego, la idea de que los ricos acaparan las mejores oportunidades para sus propios hijos, conduce al enojo y la ansiedad, y no solo de los pobres.

 Muchos lectores de Financial Times pusieron los ojos en blanco con un artículo reciente sobre las preocupaciones de 1% de los ricos. Pero el resentimiento que sienten los ricos hacia los súper ricos, es una manifestación del mismo conflicto.

Los que se encuentran dentro de 1% superior de la distribución del ingreso, se quejan de que la creciente riqueza de 0.1%, hizo que sus hijos quedaran fuera del tipo de educación privada y vivienda que ellos disfrutaron. 

En este contexto, la noticia de que algunos padres ricos en Estados Unidos (EU) utilizaron sobornos para asegurar que sus hijos tuvieran un lugar en las universidades de élite, como Harvard, Yale y Stanford, provocó una indignación comprensible entre la sociedad. 

El escándalo generó llamados para hacer que las admisiones a las universidades estadounidenses sean menos abiertas a la manipulación de los ricos, tanto por medios legales -como donaciones generosas-como ilegales. Pero, por sí solo, eso no va a ser suficiente. 

El problema va más allá de asegurar que haya una lucha justa por estas oportunidades. La pregunta más importante es ¿por qué no hay más oportunidades? El problema subyacente, como señala Ocasio-Cortez, es la escasez de rutas disponibles para los jóvenes que desean un futuro mejor. 

No existe una solución única, pero la lista de correcciones incluiría mejores escuelas estatales, una educación superior más asequible que tenga menos variación en la calidad, una gama más amplia de alternativas a la universidad, que conduzcan a empleos decentes y un resurgimiento de la economía de base amplia, que levante todos los barcos, no solo los yates.

 Eso puede sonar como una lista de lavado de ropa cara, pero al final, no actuar tendría un costo mayor. Las economías que ofrecen muy pocas oportunidades para la siguiente generación terminan desperdiciando los talentos productivos de su población. También son lugares de ira. A menos que el pastel económico comience a crecer nuevamente, la disputa sobre quién obtiene qué rebanada apenas está comenzando.



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