M+.- Jason Wade, jefe adjunto de gabinete en uno de los sindicatos más fuertes de Estados Unidos, observa fijamente a la cámara durante una entrevista con MILENIO. Tiene ojos pequeños de mirada aguda y las palabras precisas para dar voz a de casi un millón de trabajadores ante la revisión del libre comercio de América del Norte:
“Si no podemos conseguir un buen acuerdo, no queremos ningún acuerdo”, dice en vísperas de la cuarta ronda de negociaciones México-Estados Unidos, prevista para septiembre.
“¿Se está cuidando a los trabajadores? ¿Se está cuidando a las comunidades? ¿Se está protegiendo el medio ambiente? Todo eso debería estar incorporado por escrito y con penalizaciones si no se cumplen”, detalla.
Wade —asesor especial en las negociaciones del T-MEC— tiene detrás una ventana de cristal desde la que se observa el amplio estacionamiento en la calle East Jefferson, donde se encuentra la sede principal del Sindicato de trabajadores de la industria automotriz, aeroespacial y de trabajadores de la agricultura (UAW, por sus siglas en inglés).
Ondean las banderas estadunidense, canadiense y puertorriqueña, los países donde el sindicato tiene presencia, la mexicana está ausente, como un símbolo invisible: en México, la UAW no representa trabajadores; los asesora, los observa y sufre.
Industria automotriz, la clave para ‘amarrar’ el T-MEC
Durante años se culpó a México de seducir a las empresas automovilísticas estadunidenses permitiendo bajos salarios a sus trabajadores y así provocar la ruina de ciudades —con especial énfasis en Detroit— que se fueron a la bancarrota y quedaron abandonadas durante décadas. Pero hoy soplan otros vientos:
“El presidente Donald Trump está redefiniendo las reglas y nosotros queremos participar”, precisa Wade.
En este año, el gobierno estadunidense logró que el Tratado México, Estados Unidos y Canadá sea revisado anualmente en lugar de cada 16 años, como ocurría desde 1994, e impuso aranceles de 25% a la industria automotriz y del doble al acero, gravámenes que México quiere revertir.
UAW, por el contrario, propone elevar gradualmente la relación entre producción y ventas estadunidenses para que, en 2029, se produzcan en cada país tantos autos como los que ahí se venden.
“Si quieres vender en Estados Unidos tienes que construir aquí”, explica Wade con una amplia sonrisa.
Wade, de 52 años, aclara que la UAW ya no está totalmente en contra del libre comercio, como cuando arrancó el TLC en 1994.
Sin embargo, cada vez que sus representantes van a una negociación con empresarios en Estados Unidos y piden aumentos salariales, la respuesta es: “Si piden mucho, nos mudamos a México”. Y si los trabajadores quieren unirse al sindicato: “Nos vamos a México”.
“Esa es una situación que para nosotros ya es completamente insostenible. Hemos perdido cinco millones de empleos manufactureros y simplemente ya estamos hartos de esto. Tenemos que redefinir las reglas y estamos presionados”, afirma.
La propuesta que el sindicato presentó formalmente ante la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos plantea incluso castigos al traslado de empleos a otros países en las industrias automovilísticas, de camiones pesados, maquinaria agrícola y aeroespacial.
La idea, dice Wade, es terminar con un mal que “castiga a los trabajadores desde hace 30 años”, con cierre de plantas en Estados Unidos, bajos salarios en México y jugosas ganancias en Wall Street, donde cotizan las empresas.
Wade, abogado de profesión, ingresó a la UAW como becario y escaló como analista y estratega en productividad industrial, comercio, cadenas de suministro, automatización y política automotriz.
Mismo trabajo, mismo salario: la promesa
Documentos del sindicato ubican a Jason Wade en los equipos de negociación de Ford, General Motors y Stellantis y como pieza clave en la huelga Stand Up Strike de 2023, cuyos acuerdos culminaron con aumentos salariales de alrededor de 25% en cuatro años y medio.
Con tales antecedentes, el directivo de la UAW se siente frustrado ante lo poco que se puede lograr en incrementos salariales en México:
“Aunque el gobierno presume que incrementó el salario mínimo, al mismo tiempo hay una especie de ‘salario máximo’”.
Argumenta: “La mayoría de los sindicatos independientes con los que hablamos dicen que, en la negociación salarial anual, se puede obtener un incremento con base en la inflación más uno por ciento. Cualquier cosa por encima de eso es considerada una exigencia excesiva y eso es absurdo. Absolutamente absurdo.
“Si uno retrocede 20 o 30 años, no había tanta automatización dentro de las plantas mexicanas. Había más trabajo manual en las líneas de producción y siempre existió el argumento de que los trabajadores mexicanos no deberían recibir el mismo salario que los trabajadores estadunidenses porque el trabajo no era tan técnico.
“Esos días se terminaron y hoy, en una planta estadunidense y una planta mexicana o alemana, hay gente que hace prácticamente lo mismo. Pero un trabajador alemán gana 40 o 50 dólares por hora, mientras que un trabajador en San Luis Potosí gana dos dólares por hora y no es justo.
“Nuestra frase es: ‘Mismo trabajo, mismo salario’, y con eso los trabajadores consumirían más, crecería la clase media: es la mejor forma de mejorar una economía”.
—¿Qué ha fallado en México a su juicio?—, se le preguntó.
“El gobierno mexicano no está cumpliendo con los compromisos establecidos en el acuerdo que firmamos. Se suponía que habría una implementación sólida de los derechos laborales, que se establecerían todos estos nuevos tribunales y todos estos nuevos derechos para los trabajadores. Y no lo financian, no investigan.
“Otro asunto son los sindicatos charros: muchos de los antiguos sindicatos siguen ahí, negociando ‘contratos terribles’ para los trabajadores", dice con base en la experiencia.
“Desde la entrada en vigor del T-MEC, al menos 11 plantas mexicanas sometidas al Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida han estado vinculadas a disputas en las que aparecen sindicatos afiliados o ligados a la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM) con una larga lista de malas prácticas".
La UAW ha respaldado varias quejas formales bajo el mecanismo laboral del T-MEC y ha presentado directamente una: el caso Teksid Hierro de Coahuila, en 2022.
Teksid terminó reconociendo a Los Mineros; reinstaló y pagó salarios caídos a 36 trabajadores despedidos; otro trabajador recibió compensación; además, la empresa tuvo que permitir el acceso del sindicato independiente y entregar cuotas sindicales que había retenido.
El caso se ganó en conjunto con AFL-CIO y el Sindicato Nacional de Mineros. La UAW respalda en México a sindicatos independientes a través de su ala Mexico Solidarity Project, en la cual participa Jeniffer Johnson.
Esta activista, dijo a MILENIO, últimamente apoya a choferes transfronterizos perjudicados por las políticas restrictivas para conducir en Estados Unidos y han estado atentos a lo ocurrido en la mina Camino Rojo.
“Uno de nuestros compañeros, Jaime Pulido, recibió amenazas de muerte y ahora vive separado de su familia porque fue intimidado en su casa. El gobierno ha prestado cierta atención a este caso, pero falta mucho por hacer”.
En la mina Camino Rojo, en Zacatecas, trabajadores afiliados a Los Mineros denunciaron presiones para abandonar ese sindicato y afiliarse a otra organización, un conflicto que incluyó despidos e intimidación.
El caso llegó al Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida del T-MEC y en 2026 un panel concluyó que se negaron derechos sindicales y responsabilizó a la empresa no proteger adecuadamente a los trabajadores frente a amenazas, algunas vinculadas al crimen organizado.
De este y otros casos similares ha tomado nota la UAW. “Si todas esas situaciones es lo que ellos entienden por un acuerdo, entonces quizá no deberíamos tener un acuerdo”, dice Wade.
Migración: la otra cara de la explotación
Jason Wade está sentado a la cabeza de una larga mesa desde el inicio de la entrevista. Se observa relajado y sin prisa para analizar cualquier ángulo laboral, como la voz del sindicato, que es ahora vestido de camisa negra.
—¿Cuál es la postura del sindicato frente a los trabajadores sin papeles?—
“Nuestro presidente, Shawn Fain, habla de esto con frecuencia. La historia de su familia es que, después de la Gran Depresión, se mudaron de Kentucky a Indiana para escapar de la pobreza y buscar una vida mejor para su familia.
“Así que nos vemos reflejados y la posición del sindicato es dar dignidad y elevar sus condiciones de vida de los trabajadores, no aterrorizarlos”.
—¿Qué piensa sobre las ciudades que llaman a migrantes para que construyan su infraestructura, como Detroit o Pittsburgh que levantan una nueva industria alrededor de la salud y la robótica, pero, cuando los trabajadores llegan, ICE los detiene?—
“Lo que hace que esa situación sea complicada en Estados Unidos es que en esos lugares, como por ejemplo la Universidad de Pittsburgh o Carnegie Mellon, donde se está desarrollando toda esta tecnología, hay muchísimo dinero. Y, sin embargo, argumentan que no hay trabajadores para contratar a indocumentados y no les pagan lo mismo que a los trabajadores estadunidenses”.
Wade levanta ligeramente ambos brazos, con las manos hacia arriba, para resaltar la paradoja y agrega:
“Si la ley de la oferta y la demanda funcionara correctamente en este país, un trabajador indocumentado de la construcción en Estados Unidos debería ganar 40 dólares por hora, más pensión, atención médica y todas estas prestaciones: un paquete total de 70 dólares por hora, pero gana mucho menos.
“Y al final no es una discusión sobre migración. O sí tiene que ver en parte, pero la otra parte es la explotación y amedrentamiento de los trabajadores: si esos trabajadores indocumentados vienen y hacen el trabajo, deberían recibir exactamente el mismo salario y las mismas prestaciones.
“El líder sindical se levanta para que se le tomen una foto. Sonríe nuevamente. Su rostro va de la seriedad al relajamiento.
“Lo único que agregaría es que nuestro objetivo, y la manera en que estamos luchando en torno al comercio, es elevar las condiciones de los trabajadores. Hay suficientes recursos en este mundo para que cada trabajador pueda tener una vida digna y ganar lo suficiente para pasar tiempo con su familia y disfrutar de lo que significa vivir”.
Tres generaciones y una industria
Durante tres generaciones, la historia de la familia Garza ha estado ligada a General Motors.
Primero fue el abuelo de Jaron Garza, quien, después de trabajar en los campos del sur de Texas, consiguió empleo en la automotriz. Luego su padre, que mintió sobre su edad para entrar a la misma planta antes de enlistarse en la Marina y combatir en Vietnam.
Al regresar, volvió a GM y permaneció ahí 47 años.
Jaron, quien ya nació en Estados Unidos, siguió el camino familiar: entró en 1995, poco antes de cumplir 21 años, y suma ya 31 años en la compañía. Comenzó en el área de fundición de Defiance, Ohio.
Después pasó por Columbus, Warren y Pontiac hasta llegar a Detroit en 2000, en plena decadencia de la industria local, pero con la suerte de conservar el empleo.
Hoy trabaja en el GM Tech Center, donde construye prototipos y vehículos de exhibición, además de realizar trabajos de escultura en arcilla y fabricación especializada.
Pero Jaron, de 52 años, ya no recomienda ese camino a los jóvenes con quienes trabaja en One Michigan, una organización de defensa de inmigrantes en el suroeste de Detroit.
“La industria automotriz es demasiado volátil. Sube y baja. Ya no hay tanta seguridad como antes”, afirma en entrevista, a unos cuantos metros de la oficina de Wade.
A Jaron le preocupa que Estados Unidos haya perdido impulso en la transición hacia los vehículos eléctricos y teme que fabricantes chinos terminen dominando una industria estratégica.
Atribuye parte del retroceso a las políticas de Donald Trump y señala que los recortes en proyectos eléctricos han provocado despidos, pausas en inversiones y cancelaciones.
Su visión sobre México también cambió respecto al discurso que escuchaba en los años noventa, cuando el TLCAN era señalado por la pérdida de empleos estadunidenses. Ahora sostiene que la respuesta no debería ser enfrentar a los trabajadores de ambos países, sino aliarse.
Después de tres décadas en GM, Garza podría jubilarse mañana. Y cuando lo haga, contempla dejar Detroit y mudarse a México, quizá a La Paz, Baja California, en una migración contraria a la del abuelo, que ya no le heredó el idioma y le dejo sin querer una tarea: reaprender el español.
RM
