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Richard E. Grant regresa al teatro con la obra Hay Fever

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Del duelo a la felicidad, con humor y sin máscaras.

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Es casi al final de nuestra conversación cuando Richard E. Grant empieza a hablar de los Christmas puddings (los pudines navideños). Son su vicio, confiesa el actor: se come uno al mes.

¿Uno al mes? Pienso en esos postres densos, oscuros y cargados de fruta, generalmente reservados para los excesos culinarios del día de Navidad. ¿Cómo los consume? ¿Un pudín entero en una sola sentada?

“Oh, sí, me como un pudín entero”, dice cordialmente. “Un pudín de tamaño normal, completo. Con nieve de limón: contrarresta el dulzor. Tengo 27 en la despensa”.

Eso es bastante más de uno al mes... “Tengo que racionarlos”. Sonríe. 

“Si me comiera uno a la semana, mi talla sería cuatro veces la que tengo ahora”.

Al observar la figura que tengo enfrente, cuesta creer esa última afirmación. A sus 69 años, Grant sigue siendo extremadamente delgado y viste con gran elegancia: pantalones holgados de raya diplomática, una camisa blanca impecable y una chamarra negra corta. 

Los pudines son su único poco habitual; es inmune a los encantos del chocolate y el queso, y alérgico al alcohol.

Todo esto resulta irónico, ya que el papel que lanzó a este artista de enorme éxito a una carrera prolífica (suma más de 100 papeles en pantalla) fue el de Withnail, un actor sin trabajo y de vida disoluta, en la película de culto de 1987, Withnail and I, dirigida por Bruce Robinson; un personaje que rara vez estaba sobrio o sin una botella en la mano.

Desde entonces, ha interpretado a otros cuantos excéntricos dados a la bebida. Entre los más recientes se encuentra el decadente aspirante a aristócrata sir Chauncey Savage en Savage House y su magnífica y galardonada interpretación del tragicómico Jack Hock en la película de 2018 Can You Ever Forgive Me? 

“Creo que si hubiera interpretado al vicario de Dibley, habría tenido una carrera muy distinta”, reflexiona con ironía.

Pero estamos aquí para hablar de un inusual cambio de la pantalla al escenario, ya que Grant se prepara para una producción londinense de Hay Fever, de Noël Coward, junto a Christine Baranski, estrella de The Good Wife y Mamma Mia. 

Grant actuó por última vez en el West End hace 20 años, pero su amor por Coward lo hizo regresar. Esta comedia de 1925 ofrece un giro ingenioso a la premisa de los “invitados infernales”. 

En Hay Fever, cuatro desafortunados individuos llegan para pasar un fin de semana en el campo, solo para ser totalmente ignorados por sus anfitriones, que son increíblemente narcisistas. 

El personaje de Grant es un novelista ensimismado que increpa a sus invitados y discute ostentosamente con su esposa, una famosa actriz que se adapta a la jubilación con la misma gracia que una avispa atrapada en un frasco de mermelada.

En el prólogo del guion, Coward sugiere, con su estilo característico, que “Hay Fever es, por mucho, una de las obras más difíciles de interpretar con las que me he topado jamás”.

Grant discrepa ligeramente —”no es El rey Lear”— pero está de acuerdo en que el diálogo de Coward, que va y viene como un gallito de bádminton, plantea su propio desafío.

“Tienes que entregarte al 5 mil por ciento. Si lo haces a medias o introduces pausas demasiado largas, todo se desmorona. Es rápida, ligera como un suflé; hay que mantenerla ágil”, dice.

Varias producciones recientes de obras de Coward han puesto de relieve la oscuridad subyacente a la frivolidad: la drogadicción en The Vortex o la violencia doméstica latente en Private Lives. Hay Fever no resulta tan impactante. 

ÉL DICE...

“El terror es un buen motivador”


Sin embargo, Grant sugiere que el juego escénico de la obra anticipa el feroz drama matrimonial de Edward Albee, ¿Quién teme a Virginia Woolf?

“La casa es como una olla a presión”, dice. “Se atacan mutuamente como George y Martha en Virginia Woolf. Los invitados se convierten casi en utilería de todo este drama… pero todo nace de la desesperación, que es donde reside la buena comedia”.

Entonces, ¿la pareja se odia? Él cree que no. “No hay desprecio en su matrimonio. Se enojan el uno con el otro. Muestran esa volatilidad delante de los demás y de sus hijos. Pero eso también se traduce en fuegos artificiales en la habitación”.

El propio Grant creció en un entorno familiar disfuncional. Nació en lo que entonces era Suazilandia (hoy Esuatini), al final de la época colonial. Su padre, responsable de educación de la administración del gobierno británico, cayó en el alcoholismo después de un amargo divorcio.

El teatro resultó ser una vía de escape. “Literalmente, fingir ser otra persona se convirtió en el modelo para afrontar los problemas de la vida real”, escribe en sus memorias de 2022, A Pocketful of Happiness. 

Sin embargo, sugiere ahora que la actuación también surge de una profunda curiosidad por la humanidad: “Se trata de intentar comprender por qué la gente hace lo que hace”.

Décadas después, conserva cierto aire del acento marcado de su crianza —“Cuando emigré a Londres, el primer director ante el que audicioné me preguntó: ‘¿Por qué hablas como alguien de la década de 1950?’”— así como un entusiasmo entrañable por su profesión.

“Sigo sintiéndome como un niño en una dulcería. De verdad. Hace poco rodé la serie de comedia dramática Only Murders in the Building. Y cuando llegas al set y te encuentras allí a Meryl Streep, David Tennant y Olivia Colman...sigo pensando: ‘¡Vaya, estoy en la misma habitación que todas estas personas!’”.

En primavera estuvo recluido en un castillo escocés grabando la próxima temporada de Celebrity Traitors para la BBC (que saldrá al aire este otoño). Es un gran admirador de Traitors, pero participar en el programa le resultó una experiencia reveladora. 

“Es duro. Más duro de lo que imaginaba. Nadie muere, pero resulta cruel, ya que te enfrentas a la traición constantemente. Y, a menos que seas un psicópata, eso va en contra de tus instintos. Nuestro instinto es confiar en los demás seres humanos”.

Hablamos de otros papeles teatrales que le gustaría interpretar, tal vez Gaev en The Cherry Orchard ¡Haz que suceda! ¡Visualízalo!”, exclama. También hablamos del síndrome del impostor: 

“He aprendido que la edad no aporta sabiduría, excepto comprender que el miedo, en lugar de paralizarte, te impulsa a aprovechar la oportunidad. El terror es un buen motivador. Eso me gusta”.

Atribuye a su querida esposa, Joan Washington, el mérito de haberle infundido confianza. Ella, una reconocida instructora de dicción, falleció hace cinco años a causa de un cáncer de pulmón. 

Grant plasmó esa experiencia en A Pocketful of Happiness, entrelazando recuerdos (a menudo muy divertidos) que definieron su relación con un relato dolorosamente franco sobre el deterioro de la salud de ella y la angustia de perderla. 

Es una obra profundamente conmovedora por su sinceridad, con la que cualquiera que haya sufrido una pérdida se sentirá identificado de inmediato. Para muchos, ha sido un consuelo.

“Completos desconocidos me paran por la calle y me dicen: ‘Sé exactamente por lo que has pasado’”, comenta Grant. 

“Creo que eso es bueno. Considero que hablar abiertamente del tema es de gran ayuda. De una forma u otra, todos pasamos por alguna pérdida. Saber que no estás solo en esta experiencia es algo profundo”.

El título del libro hace referencia a un consejo que Joan le dio poco antes de morir: “trata de encontrar un puñado de felicidad” en cada día. Honrar ese mandato se ha convertido en su mantra, doe. ¿Cómo lo consigue?

“Alguien me envió un tallado de madera; parece una pastilla grande de madera con la frase ‘un puñado de felicidad’ grabada. Si la agitas, suena como un palo de lluvia. La tengo en mi escritorio y, cada día, pienso conscientemente en algo que me haga sentir feliz”.

“En aquel momento, cuando Joan dijo eso, me pareció algo propio de una tarjeta de felicitación. Pero te da permiso para encontrar alegría, independientemente de las circunstancias en las que te encuentres. Y me parece un gesto muy generoso”.

MGS

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