¿Cómo gravará Estados Unidos a los ricos? Es un tema que, a mi juicio, tendrá una gran repercusión política y económica durante los próximos años, si no es que las próximas décadas. Nótese que escribí “cómo gravará” y no “cómo podría gravar”; esto se debe a que me convenció bastante un excelente artículo reciente de mi amigo Nicholas Lemann en The New Yorker, escrito antes de la votación sobre la iniciativa para establecer un impuesto a los multimillonarios en California, en el artículo sugiere que estamos dejando atrás la “revolución de Reagan” y avanzando hacia una era de mayores impuestos sobre los ingresos o la riqueza.
A mí me parece bien. Nunca he sido de esas personas que recurren al argumento de que “el gobierno sólo va a desperdiciar mi dinero”; porque, aunque es cierto que existe cierto despilfarro en el sector público, ¿cuál demonios es la alternativa? ¿Una especie de libertarismo estrafalario al estilo de Ayn Rand, en el que los ricos no pagan nada, los pobres son pobres por su propia culpa y nadie le debe nada a nadie? Un momento… creo que esa es, precisamente, la mentalidad que predomina en gran parte de Silicon Valley. Lo cual me lleva al debate que hoy tiene lugar en California, descrito con gran acierto en el artículo de Lemann.
Como escribí en mi segundo libro —Don’t Be Evil—, la mentalidad hippie de la Costa Oeste dio un giro bastante rápido hacia el laissez-faire (la no intervención estatal) a medida que, a partir de la década de 1990, empezaron a llegar grandes sumas de dinero procedentes de las grandes empresas de tecnología de consumo.
Me resulta interesante cómo los jóvenes ricos —en su mayoría hombres— que ocupan los centros de poder en Silicon Valley hoy creen sinceramente que llegaron ahí por sus propios medios, sin ayuda de nadie. No hay conciencia alguna de la existencia de un colectivo financiado por los contribuyentes, que incluye escuelas, fuerzas policiales o infraestructuras, que, por ejemplo, facilita la entrega de los productos de Amazon. Y, dada la mentalidad de preparacionistas que impera en el Valle, resulta aún más llamativa la falta de interés por comprender el ciclo de “el huevo o la gallina” que puede acabar desencadenando una lucha de clases.
Tal vez, si la gente simplemente pagara sus impuestos y los ricos hicieran muchas más aportaciones filantrópicas en proporción a su patrimonio, los ricos de allí no necesitarían autobuses privados ni búnkeres en Nueva Zelanda, ¿verdad?
Pero me desvío del tema. La pregunta es si el “impuesto a los multimillonarios” de California, también conocido como Propuesta 40, será aprobado cuando se someta a votación a principios de noviembre. Los mercados de predicción indican que no, aunque las encuestas muestran que los votantes están ligeramente a favor. Sin importar cuál sea el resultado, creo que este asunto se ha convertido en un caso de prueba, sobre todo para los demócratas. Como escribí hace un tiempo, los demócratas deben decidir qué quieren ser de ahora en adelante: ¿el partido de FDR o un partido que se limita a realizar pequeños ajustes al neoliberalismo de la era Clinton? No hace falta ser un genio para adivinar cuál de las dos opciones recomendaría yo. Sospecho que las elecciones de mitad de mandato darán lugar a una victoria significativa de la izquierda, en parte gracias a los autogoles de Donald Trump, tema que abordo en mi columna de esta semana. Esto empujará a los demócratas hacia una versión del populismo económico más cercana a la de Bernie Sanders y Elizabeth Warren, y surgirá una prueba de fuego ideológica en torno a los impuestos sobre la riqueza: ¿estás a favor o contra ellos?
Uno de los políticos en California que está a favor es Ro Khanna —demócrata, miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Me cae bien y creo que tiene razón al sostener que California no debe preocuparse demasiado por una posible fuga de capitales de los multimillonarios, ya que, a fin de cuentas, es probable que terminemos adoptando un impuesto federal sobre la riqueza en algún momento. (Quienes recurren de inmediato los ejemplos europeos de fuga de capitales deben tener en cuenta que, para los estadunidenses, resulta mucho más difícil evadir impuestos a gran escala que para los europeos).
Pero ahora quiero dar paso a mi colega Richard Waters, desde la Costa Oeste, quien lleva décadas cubriendo el sector de tecnología y a sus grandes fortunas. Richard, tengo varias preguntas para ti. En primer lugar, ¿se aprobará la Propuesta 40? ¿Cuáles serán sus implicaciones económicas y políticas si llega a salir adelante? Si no es así, ¿ha logrado ya transformar, de manera significativa, el debate político en California? Y, de ser así, ¿de qué forma? Por último, ¿qué lecciones podemos extraer para el debate político a escala nacional, a partir de lo que está ocurriendo en la Costa Oeste? Al fin y al cabo, es allí donde surgen muchas ideas nuevas y de gran repercusión.
Lecturas recomendadas
-Mi libro, Sea Change, ya está disponible en Reino Unido a través de la editorial Swift Press. Para quienes se encuentren en Londres, participaré en dos eventos que me ilusionan mucho: el primero tendrá lugar mañana, en un debate de Intelligence Squared junto a mi excelente colega Gillian Tett; el segundo será el 22 de octubre, una conversación sobre el Ártico en el Departamento de Relaciones Internacionales de la London School of Economics (abierta al público).
-La edición de octubre de The Atlantic incluye muchos artículos excelentes, pero dos me llamaron especialmente la atención: el análisis de Anne Applebaum sobre cómo la política exterior de Estados Unidos se ha convertido en un juego de corrupción interna, y el reportaje de Helen Lewis titulado “Mothers for Sale” (Madres a la venta), que explora el extraño mundo de la gestación subrogada comercial. En Europa, esta práctica ha sido prohibida y, después de leer el artículo, entiendo perfectamente por qué.
-Mi colega Janan Ganesh expone argumentos convincentes sobre por qué estamos entrando en la era de las potencias menores. Además, no se pierdan la magnífica entrevista de Financial Times a Marine Le Pen, una de las principales candidatas a la presidencia de Francia.
Richard Waters responde
Rana, si me lo hubieras preguntado hace unas semanas, te habría dicho que la Proposición 40 tenía buenas probabilidades de salir adelante, pero ahora empieza a parecer poco probable. Demócratas, como el gobernador Gavin Newsom, no la apoyan (¿qué político con aspiraciones nacionales se arriesgaría a enemistarse con sus donantes más ricos?). Tampoco cuenta con un respaldo sindical coordinado —la iniciativa surgió del sindicato del sector de atención de salud para compensar un déficit de financiamiento de Medicare, lo que ha provocado divisiones en el movimiento sindical— además, hay una enorme cantidad de dinero financiando campañas publicitarias en televisión que se oponen frontalmente a la medida.
Si al final la iniciativa fracasa, se interpretará como un gran revés para la idea de implementar un impuesto a la riqueza a escala nacional; sin embargo, no estoy seguro de que esa lectura sea correcta. La consigna de “presionar a los multimillonarios” seguirá teniendo eco entre mucha gente, sobre todo porque muchos de esos superricos son precisamente quienes están construyendo centros de datos para la inteligencia artificial y amenazando con acabar con los empleos (o incluso con las personas).
La gente suele argumentar que los impuestos que les desagradan están mal diseñados, pero en este caso es posible que tengan razón. Los gravámenes extraordinarios que se aplican una sola vez a grupos muy reducidos, tienden a convertirse con el tiempo en impuestos anuales que afectan a sectores más amplios de la población. Por otro lado, Silicon Valley detesta los gravámenes sobre las ganancias no realizadas con una vehemencia casi religiosa. Al igual que la propuesta de Joe Biden de gravar el capital privado y los fondos de capital riesgo, esto se percibe como un ataque directo al espíritu emprendedor.
No obstante, si la inteligencia artificial y la robótica terminan desplazando los rendimientos económicos del trabajo hacia el capital, alguna forma de reforma fiscal se convertirá en inevitable, la propia firma OpenAI lo reconoció en un documento publicado en abril.
En lo personal, preferiría que se eliminaran las enormes lagunas legales que existen en torno a los impuestos sobre las ganancias de capital y los impuestos de sucesiones. Basta con buscar en Google términos como “step up in basis” (ajuste de la base imponible) o “grantor retained annuity trusts” (fideicomisos de rentas vitalicias retenidas por el constituyente) para ver lo fácil que resulta eludir estos impuestos mediante mecanismos legales de planeación patrimonial. Pero una reforma fiscal seria y técnica es compleja, mientras que un impuesto a la riqueza posee un atractivo populista que es mucho más evidente.
Por otro lado, si me equivoco y la Propuesta 40 sale adelante, será un momento decisivo para la política populista de izquierdas, no sólo en California, sino en todo Estados Unidos. Estoy seguro de que veríamos a otros estados intentar hacer lo mismo, y a algunos de los multimillonarios más acaudalados harían un espectáculo de su salida de California. Los votantes de Texas, por ejemplo, ya aprobaron una enmienda a la constitución de su estado para prohibir los impuestos a la riqueza, y muchos otros estados republicanos se apresurarían de hacer lo mismo.