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Permanece la idealización por evadir los impuestos

Muchos estadunidenses ven los gravámenes como una carga en lugar de una responsabilidad: el precio que pagamos por vivir en un país con justicia, escuelas públicas, carreteras, policía y seguridad

 Hace poco escuché una conversación interesante durante una cena. Una mujer y su pareja, quien dirige su propio fondo de capital privado y vive en ciudades diferentes, hablaban del tiempo que dedicaban a viajar para verse. Ella vive en Nueva York; él está en una ciudad del sur por negocios. Cuando comentó lo bien que lo pasaba en su departamento de Manhattan, le sugerí que compraran una casa más grande y vivieran juntos de tiempo completo en Nueva York. Su respuesta: “Oh, no podría hacer eso. Pagaría una tasa de impuestos mucho más alta”.

Pueden llamarme romántica empedernida, pero esta actitud me deprimió e indignó. Me entristece pensar que una persona con un patrimonio neto altísimo (o cualquier persona) dé prioridad a la tasa de impuestos sobre consideraciones personales como dónde vivir con su pareja. Pero sin duda no es la primera vez que oigo hablar de semejante “optimización” fiscal extrema entre la élite estadunidense.

Una vez estuve en una fiesta en los Hamptons donde un donante demócrata muy rico me comentó que cubría los gastos de atención de salud y educativos de sus hijos e incluso nietos, porque para él era deducible de impuestos (ese tipo de pagos están exentos del impuesto federal sobre donaciones). “¿En serio?”, pregunté. “¿Prefiere infantilizar a sus hijos adultos antes que pagar más dinero al gobierno?” (y se trataba del de Biden, el suyo propio). Me miró con incredulidad: “Bueno, no sería una buena planeación de impuestos hacer otra cosa”.

La idea de que los impuestos son algo que debemos evitar a toda costa, invirtiendo una cantidad desmesurada de tiempo, dinero y recursos emocionales, es bastante común entre los estadunidenses ricos. Todo el código tributario estadunidense, que asciende a casi 7 mil páginas sólo para las leyes federales (70 mil si se incluyen todos los detalles), es un laberinto de lagunas legales diseñadas para que los ricos las aprovechen con buenos abogados. Las empresas y las personas ricas cabildean para que así sea y luchan con uñas y dientes para no pagar ni un centavo extra al gobierno.

El actual presidente es el máximo evasor de impuestos. Durante el debate de 2016, cuando su oponente Hillary Clinton sugirió que tal vez no pagó impuestos federales sobre la renta, Donald Trump respondió: “Eso me hace inteligente”. La semana pasada, a cambio de suspender su demanda de 10 mil millones de dólares contra el Servicio de Impuestos Internos (IRS, por su sigla en inglés), Trump, sus hijos mayores y la Trump Organization llegaron a un acuerdo con el Departamento de Justicia que les otorga inmunidad ante cualquier demanda o auditoría existente. Hablando de rendir pleitesía.

Lo más importante aquí es que Trump es sólo un indicador rezagado. Demasiados estadunidenses llegan a ver los impuestos simplemente como una carga, en lugar de una responsabilidad: el precio que pagamos por vivir en una república con estado de derecho, incluyendo tribunales que protegen nuestro patrimonio y propiedad, escuelas públicas que educan a nuestra ciudadanía, carreteras por las que circular y una policía que garantiza que lleguemos a casa sanos y salvos en lugar de ser atacados en las calles y secuestrados por bandidos.

Como bien dijo el exmagistrado de la Suprema Corte de Estados Unidos, Oliver Wendell Holmes, en una cita que ahora está grabada sobre una de las entradas del edificio del IRS en Washington: “Los impuestos son lo que pagamos por una sociedad civilizada”.

Pero, ¿seguimos viviendo en una sociedad así aquí en Estados Unidos? A veces no lo parece. Los tech bros (los magnates del sector de tecnología) que amasaron sus fortunas gracias a infraestructuras financiadas por el gobierno, como internet, se quejan del impuesto de 10 por ciento del estado de Washington a los que ganan más de un millón de dólares al año, e incluso del gravamen a los multimillonarios de California, que sólo afecta a las 200 personas más ricas del estado. Personas de Wall Street como Dan Loeb se quejan de que el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, está “fomentando la lucha de clases” porque quiere imponer un recargo escalonado a las segundas residencias valoradas en más de 5 millones de dólares para ayudar a equilibrar el presupuesto municipal. La miopía es asombrosa para la gente común.

¿Cómo llegamos a esto? Básicamente, desde la década de 1980, los republicanos han recortado los impuestos a los ricos y a las corporaciones. Como resultado, el déficit se disparó. Las empresas y los ricos, después de embolsarse las reducciones de impuestos (que cada vez más se destinan a los mercados en un ciclo de compraventa de activos existentes en lugar de a la economía real), se quejan del déficit. Preocupados por el supuesto gasto público insostenible, exigen recortes en prestaciones sociales como la Seguridad Social y Medicare, y afirman que no hay dinero para infraestructuras, educación ni atención de salud. Esto resulta especialmente indignante, dado que Estados Unidos es mucho más rico que los países europeos con atención de salud universal.

Los demócratas responden defendiendo estas prestaciones básicas, mientras que, por lo demás, se ven obligados a adoptar la austeridad fiscal. Como es lógico, esto no genera crecimiento. Algunos demócratas decepcionados votan entonces por los republicanos (incluso por charlatanes como Trump) que prometen crecimiento, y el ciclo se repite. Cada vez, los que más ganan pagan menos impuestos, sobre todo sobre los retornos del capital, la deuda crece y la brecha de inversión se amplía.

¿Qué puede cambiar las cosas? Los ricos, e incluso las clases medias altas, no están dispuestos a solucionar los problemas, independientemente de si votan por republicanos o demócratas. Es muy probable que necesitemos una coalición política entre los pobres y la clase media trabajadora para reformar el sistema (algo que promete una nueva generación de progresistas). Sí, los ricos tendrán que pagar un poco más. Pero si no acabamos con la idealización que hay por las reducciones de impuestos, el precio final puede ser la propia república.


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@The Financial Times Limited 2026. Todos los derechos reservados . La traducción de este texto es responsabilidad de Milenio Diario.

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