Al igual que todo el mundo, he estado siguiendo la historia valorada en 7 billones de dólares del despliegue de centros de datos y la respuesta negativa que ha generado. El asunto ya se convirtió en una cuestión política importante en Estados Unidos, donde siete de cada diez estadunidenses se oponen a la construcción de este tipo de sitios en sus propios vecindarios. Varios colegas escribieron recientemente un excelente artículo en Big Read sobre el tema, y tengo como invitado en Swamp Notes a uno de ellos, Lee Harris, para analizar la política que rodea a estos complejos.
Los legisladores republicanos que hoy están en el cargo y que apoyaron el despliegue de centros de datos se enfrentan a la presión de sus electores, preocupados por cómo estas instalaciones aumentan los precios de la electricidad, las tierras y el agua. Sin embargo, los demócratas también se encuentran en una situación complicada, ya que los sindicatos tienden a apoyar las construcciones.
Basta con considerar el reciente artículo de opinión en The New York Times de Don Slaiman, representante de los trabajadores electricistas sindicalizados en Washington, quien argumenta que la opinión pública es demasiado negativa respecto a los centros de datos; destaca la gran cantidad de horas de trabajo de sindicalizados que generan y señala que las empresas de Silicon Valley colaboran con los sindicatos en el despliegue y la contratación de personal para estas instalaciones. Esto contrasta con la actitud de las grandes empresas durante anteriores auges de infraestructuras, que se prolongaron por décadas, como la carrera por construir vías ferroviarias hacia el oeste (época en la que los jefes solían sofocar las protestas laborales mediante la fuerza de las armas).
Sin embargo, esa difícilmente es la opinión predominante entre los trabajadores. La perspectiva de los electricistas pone de relieve que la política laboral en Estados Unidos es muy diferente a la de otros países, ya que cada sindicato tiende a defender sus propios intereses en lugar de actuar como un bloque político consolidado. A la mayoría de los trabajadores en Estados Unidos —estén o no sindicalizados— les preocupa el costo de la vida, la inflación y el empleo. Por ahora, los centros de datos no están generando puestos de trabajo a gran escala (de hecho, una vez construidos, crean muy pocos empleos, algo parecido a lo que ocurre en las industrias extractivas). Sin embargo, sí absorben capital que pudo destinarse a otros proyectos de gran inversión en sectores que sí generan empleo (como fábricas, hospitales o viviendas).
¿Cómo influirá todo esto en las elecciones de mitad de mandato y en las presidenciales de 2028? Dado que, bajo el mandato de Trump, los republicanos convirtieron el impulso a los centros de datos en una prioridad nacional, es probable que sufran cierto desgaste, sobre todo en estados columpio (indecisos) como Ohio, Pensilvania y Georgia, donde la cuestión de la asequibilidad es particularmente fuerte.
La postura republicana brinda a los demócratas una oportunidad única para intentar desvincularse de las connotaciones negativas asociadas a Silicon Valley. En los últimos años se les ha vinculado culturalmente más con California y el sector de tecnología, una asociación que no juega a su favor en un momento en que un puñado de multimillonarios destina enormes sumas de dinero a eludir impuestos en ese estado.
Son más los demócratas, en particular los progresistas, que los republicanos los que apoyan las moratorias a la construcción de centros de datos; sin embargo, también surgen interrogantes sobre qué es lo que realmente rechaza la gente al protestar contra estas instalaciones. Un interesante análisis de Vox argumenta que estos complejos se han convertido en un símbolo de las inquietudes existenciales en torno a la inteligencia artificial (IA) y su avance en apariencia imparable. Resulta más sencillo oponerse a un proyecto físico y tangible que arremeter contra el capitalismo de vigilancia y el control algorítmico presente en todo, en todas partes y al mismo tiempo (lean mi columna del lunes, donde toco este tema).
En mi opinión, el rechazo a los centros de datos refleja, en el fondo, la creciente sensación entre el pueblo estadunidense de que las cartas están marcadas en su contra y de que intereses poderosos socavaron la voluntad popular. Lee, ¿cuál es tu opinión sobre este tema desde Londres? ¿El debate en Europa es igual o distinto al que se vive actualmente en EU?
Lecturas recomendadas
-El artículo de primera plana de The New York Times sobre la accidentada implementación del impuesto a las segundas viviendas por parte del alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, refleja lo que he escuchado de algunos amigos que no son propietarios de pied-à-terre, pero que, aun así, han recibido cartas en las que les dicen que pueden tener que pagar.
-Estoy bastante de acuerdo con el escritor invitado de Financial Times, Brij Khurana, en que los altos precios de los activos están desempeñando un papel importante en el impulso de la inflación en la actualidad. Esta es una de las muchas desventajas de la economía en forma de K.
-Realmente disfruté el artículo de portada de la revista The New York, “Habibi City”, que analiza el surgimiento de la cultura árabe y musulmana en Nueva York. Voy a revisar los clubes, restaurantes y boutiques recomendados, propiedad de los distintos emprendedores e influencers que fueron reseñados en el artículo.
-Y, por último, no se pierdan la entrevista de mi brillante colega Robin Wigglesworth sobre el mercado de bonos que realizó Ezra Klein de The New York Times.
Lee Harris responde
Hola, Rana. Estoy de acuerdo: el rechazo a la infraestructura de IA parece que se debe menos al consumo de agua de estos proyectos o al ruido constante que generan, que al temor del público a que el poder se les escape de las manos.
La hostilidad hacia los centros de datos me recuerda los comentarios de un grupo de extrema izquierda que reprendió a los activistas después de la crisis financiera mundial de 2008. El grupo criticaba a los manifestantes de todo el mundo que, en los años siguientes y por muy diversas razones, irrumpieron en parlamentos y ocuparon plazas públicas portando pancartas.
Para descubrir dónde reside realmente el poder, sugería el grupo, hay que ver más allá de los palacios presidenciales y fijarse en el billete de euro, que no muestra figuras políticas ni padres fundadores, “sino puentes, acueductos y arcos”. El poder, escribieron, “es un sistema de alcantarillado, un cable submarino, una línea de fibra óptica que recorre una vía férrea o un centro de datos en medio de un bosque”.
Pero ¿el sabotaje a las infraestructuras es una táctica eficaz? Los grupos europeos de extrema izquierda llevan décadas atacando, por ejemplo, los trenes de alta velocidad y los aeropuertos, tratando de frenar la rapidez con la que el dinero, los bienes y los turistas circulan por el mundo. Para los inversionistas esto no pasa de ser una molestia que eleva los costos de financiamiento.
¿Los centros de datos son un punto estratégico de presión para los que se oponen a la IA? Ya informamos que los hiperescaladores tienen dificultades para encontrar seguros suficientes para estos megaproyectos, y algunos financistas, como Blackstone, el gestor de activos con 1.3 billones de dólares bajo su administración, no quisieron invertir en algunas ofertas de centros de datos, nerviosos por la exposición a riesgos no asegurados.
Aunque los inversionistas prestan atención a esta reacción negativa pública, hasta ahora se trata sólo de otro costo manejable, una presión inflacionaria más que eleva, de manera marginal, el precio del aparentemente imparable auge de la IA.
Aun así, nos encontramos en una fase inicial, ya que muchos de estos proyectos se encuentran todavía en construcción. Además, los centros de datos constituyen un objetivo tangible y atractivo para los estadunidenses que afirman que carecen de instituciones de confianza a través de las cuales organizarse políticamente. Esto incluye a los sindicatos, cuyos líderes, como bien señalas, parecen expresar los intereses a corto plazo de una parte de la fuerza laboral.
Así que estoy de acuerdo contigo, Rana, en que, aunque el rechazo parece expresar temores sobre la asequibilidad, una preocupación por los consumidores, en el fondo, refleja más bien inquietudes sobre la propiedad y el control sobre un mundo sin fricciones en el que los medios para generar dinero y recursos pertenecen a una minoría de inversionistas pequeña y políticamente poderosa.