Si se utilizara la Enmienda 25 de Estados Unidos (EU) contra Trump, quienes buscaran destituirlo seguramente citarían los monumentos que está construyendo para sí mismo. “Yo”, fue la respuesta de Trump cuando se le preguntó por el objeto de su propuesto arco triunfal de 250 pies en Washington.
Eso resolvió el enigma de qué triunfo se pretendía conmemorar con ese obelisco. Dado que la respuesta freudiana sería “Arco de Trump”, el público estadunidense puede dejar de pensar en futuras glorias en Irán o en cualquier otro lugar. Lo mismo aplica al salón de baile de casi 28 mil metros cuadrados que reemplazará al demolido ala este de la Casa Blanca.
En el mundo real, hay pocas probabilidades de que Trump sea removido por sus subordinados por incapacidad mental o cualquier otra razón. Sin embargo, sus detractores citan su manía de autoidentificación como evidencia de deterioro cognitivo. En la práctica, el comportamiento de Trump es constante. Siempre ha puesto su nombre en las cosas. En su opinión, es una buena práctica empresarial.
Pero, ¿hay algo más que simple egotismo? Quienes son acusados de padecer el llamado “síndrome de trastorno por Trump” (TDS) ya están saboreando el momento en que esos monumentos aún no construidos sean demolidos. Sin embargo, con mayor precisión clínica, el TDS debería atribuirse a quienes alientan los sueños faraónicos de Trump.
Ya sean legisladores que promueven proyectos para añadir su imagen al Monte Rushmore o asesores que lo califican como el mejor presidente en la historia de EU, el personal simplemente responde a lo que él desea. Trump declaró recientemente: “Como todos saben, soy una persona extraordinariamente brillante”.
Pero hay motivos para sospechar que está pensando en algo más grande que la autocelebración. La mejor manera de perpetuar tu nombre es asegurar un sucesor con el mismo apellido. Entre los hijos de Trump, Barron es demasiado joven (20 años), al igual que Tiffany (32), lo que deja a Ivanka, Eric y Donald Jr.
De ellos, Ivanka se ha distanciado notablemente de su padre desde 2021. Lo que deja a Eric y a Don Jr. A ninguno le falta ambición. Ambos también se están haciendo muy ricos con rapidez. Forbes estima que la fortuna de Eric se ha multiplicado por diez hasta alcanzar los 400 millones de dólares (mdd) desde noviembre de 2024. La de Don Jr. se ha multiplicado por seis, hasta unos 300 mdd.
Él dice...“Como todos saben, soy una persona
Extraordinariamente brillante”.
Entre ambos, Don Jr. es quien más busca complacer a su padre. Polymarket sitúa sus probabilidades de ganar la nominación republicana de 2028 en 4 por ciento, muy por detrás del secretario de Estado, Marco Rubio, con 21 por ciento, y de JD Vance, el vicepresidente, con 39 por ciento.
Tucker Carlson, el expresentador de Fox News que recientemente denunció a Trump como un “esclavo” de Israel, ocupa el tercer lugar con 6 por ciento (Ivanka y Eric tienen 1 por ciento cada uno). Pero hay razones para pensar que Don Jr. está subestimado.
El sucesor de Trump
La principal es que el hijo mayor de Trump puede ser controlado. Aunque Vance y Rubio estarían mucho más calificados, ninguno podría garantizar lealtad después de que Trump les entregara las llaves.
Ignorar la Enmienda 22, que establece que ningún presidente puede servir más de dos mandatos, equivaldría a un golpe de Estado. Incluso esta Corte Suprema difícilmente aprobaría un tercer mandato de Trump. Tampoco degradarse a sí mismo a vicepresidente de Vance o Rubio sería una vía para eludir la Constitución, que explícitamente prohíbe ese truco.
Lo que deja a uno de sus hijos como opción. La reciente avalancha de iniciativas para nombrar cosas con su apellido parece algo más que un intento de legado.
Muchos de sus proyectos de vanidad tardarán años en concretarse. El arco triunfal, por ejemplo, está proyectado para completarse en 2028. El salón de baile tardará uno o dos años. Trump recientemente forzó la salida de su secretario de la Marina, John Phelan, en parte por avanzar demasiado lento en los “acorazados dorados clase Trump”, que ha ordenado construir.
En febrero, Trump ofreció desbloquear fondos para dos proyectos de infraestructura en Nueva York si los demócratas aceptaban renombrar el aeropuerto Dulles de Washington y la estación Penn de Nueva York con su nombre. Ellos se negaron.
Otros cambios de nombre, incluyendo el rebautizado Centro para las Artes Escénicas Donald J. Trump y John F. Kennedy, así como el Instituto de Paz de Estados Unidos (ahora Instituto Trump), se lograron rápidamente.
Lo mismo ocurrió con la “tarjeta dorada Trump” de un millón de dólares para visas vitalicias, su firma en los billetes de dólar y la colocación de su imagen en edificios federales, incluido el Departamento de Justicia. Pero estos pueden retirarse tan rápido como fueron colocados.
A menudo se observa que Trump ama la pompa de la monarquía y anhela el poder del autócrata. La semana pasada recibió a Carlos III. La próxima semana será invitado de Xi Jinping, el “presidente de por vida” de China. Lo que parece pasarse por alto es su admiración por la sucesión real. Dadas las ambiciones monumentales de Trump, sería extraño que la idea de una dinastía no estuviera en su mente.
AAL