La pista no era tanto lo que estaba allí, sino lo que faltaba. Cuando los astrónomos observaron de cerca el gas molecular frío que envuelve al agujero negro supermasivo situado en el corazón de nuestra galaxia, la Vía Láctea, encontraron un enorme vacío. Desde el borde del monstruoso agujero negro, llamado Sagitario A*, se extendía hacia el exterior un gran cono de nada.
La semana pasada, los investigadores anunciaron que se trata de la evidencia largamente buscada de una corriente de gas caliente que fluye desde el agujero negro y barre el gas frío que encuentra a su paso, un viento que lleva soplando unos 20 mil años.
La atracción gravitatoria de un agujero negro, independientemente de su tamaño, es tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar una vez queda atrapada.
Eso hace imposible observarlo directamente; su existencia se deduce a partir del comportamiento de otros objetos cercanos, como las estrellas que orbitan a su alrededor. Sin embargo, también se ha teorizado que los agujeros negros pueden expulsar material en forma de chorros o vientos.
Los nuevos hallazgos confirman que nuestro agujero negro más cercano, con una masa superior a cuatro millones de soles y ancla de nuestra galaxia, se comporta tal como predicen los modelos: no solo absorbe materia, también la expulsa. El descubrimiento encierra cierta ironía: a veces hacen falta los análisis astronómicos más sofisticados para demostrar lo ordinario que es nuestro propio vecindario galáctico.
Los agujeros negros nacen cuando estrellas masivas consumen su combustible y colapsan sobre sí mismas. Según la teoría, en el centro de cada agujero negro existe una singularidad: un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso. Aunque las clasificaciones son algo flexibles, un agujero negro suele considerarse supermasivo cuando supera las 100 mil veces la masa de nuestro Sol.
Se cree que cada gran galaxia alberga un agujero negro supermasivo en su núcleo. Sagitario A*, situado a unos 26 mil años luz de distancia, es el cadáver estelar que ocupa el centro de nuestra galaxia espiral.
Una nueva visión
Se han observado vientos procedentes de otros agujeros negros supermasivos, incluido el de la galaxia M87, situada a 53 millones de años luz. Sin embargo, hasta ahora había sido imposible confirmar la existencia de uno en Sagitario A*. Desde la Tierra, la visión está obstaculizada por polvo, gas y escombros cósmicos.
Además, nuestro agujero negro más cercano atraviesa una etapa relativamente tranquila de su existencia, conocida como estado quiescente, lo que dificulta aún más su estudio. Las observaciones previas habían arrojado resultados poco concluyentes.
El astrónomo Mark Gorski y la astrofísica Lena Murchikova, de la Universidad Northwestern, recurrieron al radiotelescopio ALMA, situado en el norte de Chile. Este instrumento, compuesto por 66 antenas de radio, está diseñado para captar la tenue luz del llamado “universo frío”, formado por estructuras extensas y relativamente frías, como el gas molecular —principalmente hidrógeno— y las nubes de polvo. Estos objetos son mucho más difíciles de detectar que los cuerpos calientes y brillantes, como las estrellas.
él dice...“Nunca habíamos observado una brisa
Procedente de un agujero negro”.
Los investigadores analizaron cinco años de observaciones del gas molecular frío situado a menos de un pársec —aproximadamente tres años luz— del centro del agujero negro. Al eliminar de las imágenes las emisiones de radio del propio agujero negro, pudieron revelar el patrón del gas frío acumulado a su alrededor.
Entonces apareció una cavidad cónica de bordes nítidos, compatible con la presencia de un viento caliente procedente del agujero negro que despeja el gas frío de su trayectoria.
Murchikova me contó que la reacción inicial fue de incredulidad al contemplar “un cono de viento tan grande y tan claramente definido... Nos quedamos mirándolo en silencio durante un rato”. Después verificaron sus resultados utilizando el Observatorio de Rayos X Chandra de la NASA y publicaron sus conclusiones la semana pasada en The Astrophysical Journal Letters.
Martin Rees, el astrónomo de la Universidad de Cambridge, que coescribió un artículo pionero en 1971 donde se predecía la existencia de un agujero negro supermasivo en el centro de nuestra galaxia, recibió el trabajo con cautela y optimismo.
Según me comentó, el estudio mejora los intentos anteriores de detectar este tipo de viento: “Los autores presentan mapas extraordinariamente detallados del gas y el polvo cercanos al centro galáctico y muestran cómo estos permiten comprender mejor el enorme agujero negro que acecha allí”.
Rees se preguntó si podrían existir otras explicaciones. Los investigadores responden que hipótesis alternativas —como calor o viento procedentes de una explosión de supernova o de las estrellas que orbitan alrededor del agujero negro— no concuerdan con las observaciones.
Uno de los aspectos más sorprendentes, afirma Murchikova, es que el viento es constante y no explosivo: “Nunca habíamos observado una brisa procedente de un agujero negro. Ver al agujero negro allí sentado, tranquilo, pero aun así vertiendo energía por toda la región sin hacer nada violento, es terriblemente adorable”. El mensaje importante, subraya, es que los agujeros negros moldean activamente su entorno.
Resulta reconfortante imaginar a Sagitario A* como una gran dama galáctica: no completamente extinguida ni desaparecida, sino todavía capaz de ofrecer una última y elegante actuación, impulsando su propia brisa en el crepúsculo de una larguísima carrera cósmica.
AAL