La industria cinematográfica aún disfruta del éxito de la edición número 98 de los Premios Oscar; sin embargo, parece que sólo es cuestión de tiempo antes de que el Oscar a la mejor interpretación se lo lleve la inteligencia artificial (IA). La capacidad de esta tecnología para generar contenido a bajo costo es una puede resultar perjudicial para los propios estudios.
Es evidente que la inteligencia artificial reducirá los costos de producción. Ya está ayudando con los guiones, los efectos visuales, la edición y otras tareas. Por ejemplo, se utilizó a la compañía de software Respeecher para mejorar el acento húngaro de Adrien Brody en El Brutalista.
Las primeras estimaciones sugieren mejoras de productividad de entre 5 y 10 por ciento, de acuerdo con McKinsey. El contenido generado por IA puede ser hasta 100 veces más barato que las películas de gran presupuesto, de acuerdo con las estimaciones de la consultora Bernstein, con un costo de hasta 10 mil dólares por minuto en lugar de un millón de dólares o más.
Los estudios de cine —que pierden audiencia frente a los creadores de contenido independientes— podrían beneficiarse de una ventaja competitiva. El problema es que es poco probable que la consigan. Al igual que las compañías de telecomunicaciones, podrían ver cómo las ventajas que obtienen al invertir en nuevas tecnologías desaparecen debido a la competencia.
Para empezar, la IA es ampliamente accesible. No sólo los grandes estudios pueden usarla; las compañías más pequeñas, e incluso las particulares, también. En teoría, los participantes más importantes seguirán teniendo las herramientas más avanzadas. Pero si alguien puede hacer una película de ciencia ficción convincente, los grandes estudios harían bien en realizar una fuerte inversión en cualquier cosa que les permita diferenciarse, para que sus películas parezcan más grandes y mejores que las de la competencia.
Otras tecnologías cinematográficas también dieron como resultado estándares más altos, en lugar de costos más bajos. Las imágenes generadas por computadora, por ejemplo, aumentaron las expectativas e impulsaron los presupuestos de las superproducciones: los costos de las películas estadunidenses registran un aumento de 30 por ciento en las últimas dos décadas, de acuerdo con McKinsey.
También hay que tener en cuenta la estructura del mercado. El sector cinematográfico es uno de compradores: los que distribuyen películas están más concentrados que los que las producen. Según McKinsey, siete compradores controlan 84 por ciento del mercado.
Si la inteligencia artificial abarata la producción cinematográfica, los compradores parecen estar en mejor posición para obtener beneficios, aunque sus costos también pueden tener aumentos si deben invertir más en mercadotecnia para diferenciar sus ofertas y lograr que las audiencias sigan viniendo.
El impacto en el público dependerá de la calidad de las películas creadas con IA. En cualquier caso, los cinéfilos tendrán acceso a más películas y mayor variedad a precios potencialmente similares. Sin embargo, los inversionistas que apuestan a que esta tecnología mejorará de manera drástica la rentabilidad de la producción cinematográfica deben prepararse para una sorpresa.