Si bien poco más de un mes de guerra contra Irán no es suficiente para hundir la economía global, sin duda afectó profundamente la confianza. Mucha gente ya se ajustaba el cinturón antes de que comenzaran los ataques entre Estados Unidos e Israel, y Goldman Sachs predice que habrá un deterioro constante en la salud del consumidor en los mercados desarrollados durante los próximos meses debido a una mayor inflación (los analistas empiezan a hablar de un precio del petróleo de 200 dólares por barril) y a la disminución del gasto y la actividad empresarial a causa del conflicto bélico. Para EU el banco estima un crecimiento del ingreso real de 1.7 por ciento para este 2026. Sin embargo, se predice que el quintil de menores ingresos tenga un crecimiento de apenas 0.4 por ciento.
Las crisis de energía lo único que hacen es alimentar el fuego —si me permiten la metáfora— de una economía en forma de K. La mitad más pobre de la población, no sólo en Estados Unidos, sino a escala mundial, gasta un porcentaje mucho mayor de sus ingresos en cosas como gas y combustible para calefacción, y la presión a la que están sometidos ya se refleja en cifras de satisfacción económica aún más abismales para la actual administración. En una encuesta de Reuters de finales de marzo pasado se encontró que el índice de aprobación que tiene Donald Trump en cuanto al manejo de la economía era de 29 por ciento, peor que cualquier índice de aprobación económica registrado bajo la administración de Joe Biden. Un indicador de estrés del consumidor de Strategas, basado en la disponibilidad de alimentos en el hogar, las tasas hipotecarias y los precios del gas, se encuentra en su nivel más alto desde octubre de 2023, cuando aún nos estábamos recuperando de las crisis en la cadena de suministro provocadas por la pandemia de coronavirus.
Por eso, es bueno tener esta semana al economista conductual Peter Atwater acompañándome en el artículo de Swamp Notes. Peter fue quien popularizó la expresión “en forma de K”, y la semana pasada escribió un artículo sobre cómo la guerra que Estados Unidos eligió en Irán no sólo puede convertir a EU —sino también a los estadunidenses— en parias globales. La escasez de suministro de petróleo ya empieza a hacerse sentir en Asia, y muchos gobiernos de mercados emergentes, tanto allí como en África, se empiezan a ver obligados a recortar los subsidios al combustible. El desabasto llegará a Europa en cuestión de semanas, donde puede hundir lo que hasta entonces había sido un mercado laboral saludable en la eurozona. En casi todas partes los precios de los viajes se dispararon; incluso amigos con una posición acomodada se apresuran a reservar viajes ahora antes de que los precios sigan subiendo, y espero que la temporada turística de verano sea desastrosa.
Desde hace tiempo me pregunto cuándo el resto del mundo empezará a desahogar su comprensible frustración con esta administración —que convirtió la mejor recuperación posterior a la pandemia de covid-19 del mundo en un ataque económico contra sí misma y contra los demás— contra los propios estadunidenses. Hace un par de semanas estuve en Italia y una comerciante de joyería me regañó furiosa porque la guerra en Irán no sólo estaba perjudicando su negocio en el presente, sino que le impedía planear el futuro. “¿Por qué su presidente tiene que cambiar de opinión todos los días?”, me gritó. Ojalá lo supiera…
También me llamó mucho la atención una encuesta reciente en la que se muestra que siete de cada diez viajeros estadunidenses en el extranjero se enfrentan a la hostilidad debido a la política y la economía que exportamos. Si bien muchos destinos turísticos importantes en Europa dependen de los turistas estadunidenses —y de los compradores de propiedades— no me sorprendería ver una mayor resistencia (¿restricciones de visado? ¿Limitaciones a la compra de segundas residencias para expatriados?) si existe la percepción de que los estadunidenses ricos hacen (aún más) difícil la vida cotidiana, no sólo por la crisis de energía de Irán, sino también porque la riqueza generada en Estados Unidos en los últimos años es tan desproporcionada.
Desde hace mucho pienso que la total falta de responsabilidad de la administración Trump en temas como el calentamiento global acabará repercutiendo en los estadunidenses en forma de sanciones o aranceles de represalia (lean mi columna de hace unas semanas sobre el costo de que Estados Unidos se convierta en un petroestado). Pero creo que esta guerra y las consecuencias económicas que ha provocado en todo el planeta pueden acelerar ese proceso.
Peter, hace poco escribiste una nota sobre las posibles consecuencias de la guerra y la política de Donald Trump para los estadunidenses, tanto en el país como en el extranjero. ¿Qué podemos esperar en las próximas semanas, meses y años?
Lecturas recomendadas
-Me pareció muy acertado el artículo de opinión de Cal Newport en The New York Times que compara el problema del deterioro cognitivo causado por las redes sociales con la crisis de salud provocada por los alimentos procesados. Además ofrecía esperanza, así como la epidemia de obesidad convenció a los ciudadanos estadunidenses de la importancia del ejercicio, la pérdida de capacidad cognitiva por el uso excesivo de pantallas puede impulsar un programa de ejercicio para nuestra mente.
-El artículo de opinión de Mikhail Zygar en The New York Times sobre cómo los problemas internos del presidente de Rusia Vladímir Putin disminuyeron repentinamente a medida que la guerra contra Irán disparó los precios del petróleo por encima de 100 dólares por barril hace que me pregunte (una vez más) sobre la extraña influencia del autócrata ruso sobre Trump.
-Ampliamente recomendable el artículo de Jonathan Taplin en Rolling Stone sobre el ascenso de la oligarquía digital; sin duda una lectura crucial.
-En Financial Times, mi colega Sarah O’Connor tiene toda la razón al afirmar que el impulso político a favor de la inteligencia artificial (IA) está muy desfasado con la opinión pública. Por otro lado, el siempre lúcido Janan Ganesh da en el clavo con su perspicacia de que Trump, en el fondo, no puede comprender a Irán porque se centra en el comercio, no en la ideología.
Peter Atwater responde
Rana, si la gente culpa a Estados Unidos del aprieto en que se encuentran, como parece cada vez más probable, no es difícil imaginar las repercusiones en el comercio mundial. Los compradores buscarán alternativas fuera de EU, mientras que los vendedores buscarán clientes que no son estadunidenses. Con el tiempo, las cadenas de suministro evolucionarán para reflejar esta situación. Además, las marcas estadunidenses más valiosas serán las más afectadas debido a su simbolismo. Pensemos en el lema “Nike, vete a casa”.
En el ámbito del capital, vamos a ver un impacto similar, ya que las inversiones extranjeras en Estados Unidos se van a intercambiar por oportunidades en el país. Y allí la demanda natural de los votantes, como respuesta a la crisis, de mayor autosuficiencia de energía de fabricación y militar proporcionará el escenario perfecto. Además, los líderes nacionales se volcarán por completo, sobre todo en aquellos lugares donde los votantes fueron tomados por sorpresa por segunda vez. Luego de no atender de manera adecuada el llamado después de la invasión de Rusia a Ucrania, la supervivencia política ahora prácticamente exigirá una reacción desproporcionada a la guerra contra Irán.
Finalmente, en lo que respecta al movimiento de personas, veremos la misma consecuencia: menos turistas viajarán a Estados Unidos, mientras que los estadunidenses serán mucho menos bienvenidos en otros lugares.
En pocas palabras, después de una crisis, uno no recompensa —o no quiere que se le vea recompensando— a los que lo hicieron sufrir.
Lo que acabo de exponer puede parecer una predicción demasiado simplista para el futuro, pero aquí es donde encaja nuestra economía global en forma de K. Los que estaban en la base ya se sentían miserables.
Cuando nuestra confianza es baja, pintamos con el pincel más amplio, con blanco o negro. No nos gustan los matices. O estamos dentro o estamos fuera. También somos naturalmente más xenófobos. Anhelamos lo más familiar. Además disfrutamos mucho de la buena y vieja alegría por el mal ajeno. Inadvertidamente, lo que hicieron los recientes incrementos de precios y la escasez de combustible fue amplificar estos comportamientos en todo el mundo.
Lo que suceda a largo plazo no sólo va a depender de si Estados Unidos rinde cuentas ante otros países, sino también de cómo reaccionen los líderes estadunidenses. ¿Mostrarán empatía y arrepentimiento y tomarán medidas concretas para reconstruir la confianza global? ¿O se enfadarán y se frustrarán al ver que otras naciones adoptan las políticas egoístas que exigen los votantes con baja confianza?
Sin embargo, ahora tenemos una cosa clara: existen dos tipos de reacciones ante la crisis. Irónicamente, resolver la crisis que se desencadenó en el sector energético puede resultar mucho más fácil que manejar la responsabilidad que conlleva.
Peter Atwater es autor de The Confidence Map (El mapa de la confianza) y profesor adjunto de Economía en William & Mary. Investiga el impacto de los cambios en la confianza en la toma de decisiones.