Las burbujas financieras comienzan cuando los inversionistas ven que un activo determinado se dispara en valor y empiezan a perseguir cualquier cosa que se le parezca. Las generaciones anteriores tenían tulipanes, ferrocarriles y propiedades frente al mar. Ahora surgió un nuevo bien imprescindible: la inteligencia.
Los accionistas aceptarán cualquier cosa con tal de conseguirlo, como demuestra la oferta pública inicial (OPI) de SpaceX. Normas como la democracia accionarial desaparecieron en un agujero negro. Elon Musk mantendrá el control de la compañía de fabricación de cohetes a través de acciones con derecho a voto preferente y, por tanto, es intocable; las disputas deben resolverse mediante arbitraje privado, no en los tribunales. Le espera una bonificación astronómica si alcanza objetivos muy ambiciosos. Y la valoración que se rumora para SpaceX de 1.75 billones de dólares, más del cuádruple de lo que era hace seis meses, según PitchBook, sugiere que los inversionistas están dispuestos a aceptar un precio elevado para cosechar los frutos de su mente brillante.
Aunque Musk se crea único en su clase, la prima de genialidad de SpaceX forma parte de un fenómeno más amplio desde la década de 2010, las firmas de tecnología han consagrado a sus fundadores con acciones diferenciadas, la combinación de los cargos de presidente y director ejecutivo, y consejos de administración sin poder real. Ser raro, hiperelitista u ofensivo se convirtió en una medalla de honor. Al fin y al cabo, ser poco convencional es, por definición, un requisito para generar un rendimiento financiero superior al del mercado.
La carrera por apoyar a figuras destacadas está respaldada por datos. Un estudio de Bain & Company muestra que las empresas lideradas por sus fundadores han generado el doble de rentabilidad para los accionistas que las compañías sin fundadores, y superan a estas últimas luego de excluir el componente tecnológico. En un análisis independiente de 290 firmas de tecnología, mantener un crecimiento de 20 por ciento durante 10 años estuvo ligado a tener una “mentalidad de fundador” y menos niveles organizacionales.
Sin embargo, la creencia de que una estrategia de inversión rompió las reglas de las finanzas es una historia tan antigua como el tiempo, y suele ser pasajera. El crédito privado también puede estar a punto de experimentar esta misma situación. Se convirtió en una clase de activos de 3 billones de dólares, mientras los inversionistas se deleitaban con rentabilidades históricamente generosas. Ahora empiezan a aparecer grietas.
Algunas figuras destacadas del mundo financiero advierten que el ciclo crediticio volverá, como siempre, dejando a los complacientes e indiscriminados con pérdidas.
Las grandes marcas unipersonales se benefician de la impresión de que ningún ciclo puede derribarlas. La exploración espacial y la IA se consideran apuestas seguras. Además, el mercado se comporta como si las que ya alcanzaron una gran escala —OpenAI, Nvidia y Tesla— fueran intocables.
Esta suposición se pondrá a prueba. Cuando el valor de una compañía está desproporcionadamente ponderado hacia un “valor terminal” compuesto por flujos de efectivo que aún tardarán muchos años en llegar, incluso las posiciones de liderazgo pueden ganarse y perderse en un instante. Anthropic, la firma de IA valorada en 900 mil millones de dólares, sólo tiene cinco años de antigüedad. No es descabellado pensar que una gran empresa pueda caer tan rápido como subió.
Las burbujas suelen ser evidentes a posteriori. La burbuja de la genialidad no será diferente. Un problema, tal vez, es que la memoria es frágil. En el crédito privado, los escépticos temen que la gran mayoría de los gestores de fondos se incorporaron al mercado laboral después de la crisis de 2008. El último gran desplome del sector de tecnología en el año 2000 parece aún más lejano. El talento es un activo, sin duda, pero también uno tan susceptible de sobrevalorarse como una mansión en Florida, una cadena de tiendas de comida para mascotas que no es rentable o un bulbo de tulipán.