Utilizar crédito para cubrir necesidades básicas y no organizar los pagos pueden convertirse en detonadores de morosidad para los usuarios y en un golpe silencioso para la estabilidad del sistema financiero, señalan especialistas
De acuerdo con cifras de Banco de México, la deuda de los hogares mexicanos alcanzó 90 mil 875 millones de pesos en mayo de 2025, un crecimiento anual de 12.3 por ciento frente a 2024.
El promedio de deuda por hogar se situó en 40 mil 749 pesos, un alza de 15.3 por ciento, lo que refleja una mayor presión sobre las finanzas familiares.
“Un crédito mal colocado se vuelve una carga inmediata. Si ya se está usando crédito para cubrir gastos básicos y le sumamos otra línea, la respiración financiera se queda sin aire”, indicó Juan Manuel Ruiz Palmieri, CEO de Círculo de Crédito.
“Cuando ya no hay margen, el atraso llega por falta de liquidez, no por descuido”, añadió.
Explicó que cuando se usa para cubrir servicios básicos, el crédito “deja de ser una herramienta financiera y se convierte en la forma de compensar la falta de presupuesto”.
El impacto no se queda del lado del usuario, para la institución, el efecto es igual de costoso, indicó.
“Se generan mayores provisiones y se limita la capacidad de seguir originando con estabilidad. Es un efecto en cadena: una mala colocación puede terminar afectando la salud del portafolio”.
Llegando a que los hogares destinen alrededor del 15 por ciento de su ingreso al pago de deudas, un porcentaje importante se considera sobreendeudado, destinando 30 por ciento o más de su ingreso a compromisos financieros, de acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Información incompleta
Uno de los hallazgos más relevantes es la información incompleta, pues el especialista detalla que los problemas de crédito no comienzan dentro de la cartera de quien otorgó el financiamiento. Es decir, el usuario no empieza a deteriorarse en la institución que lo analiza, sino en otro lado.
“El deterioro no suele iniciar dentro de la cartera del otorgante. Las primeras señales aparecen afuera, en atrasos con otros jugadores, en mayor uso de sus líneas en periodos estacionales como diciembre-enero”.
Esto revela por qué la información fragmentada es uno de los mayores riesgos para las instituciones.
“Muchos otorgantes siguen viendo al cliente de forma parcial. Evalúan cómo se comporta dentro de su cartera y, con base en eso, toman decisiones; pero la realidad financiera de una persona supera cualquier registro interno”.
Ese punto ciego es crítico, ya que un usuario puede pagar perfectamente con una institución mientras ya presenta atrasos con otras. Ese desbalance es, de hecho, la primera señal de que el presupuesto está al límite.
Por eso, agrega, las prácticas actuales en la originación se equivocan al simplificar, una de las fallas más comunes es creer que “si un cliente paga bien con una institución, está bien en general”. La otra es la urgencia por crecer es “cuando la colocación se acelera, la evaluación suele simplificarse. Y con la expectativa de que la colocación de tarjetas pueda crecer en 2026, esa velocidad puede convertirse en riesgo futuro”.
“El ingreso bruto dice poco del margen real que tiene la persona para asumir un nuevo compromiso”, explica.
Otro de los puntos críticos es la conducta de los usuarios, Palmieri señala que muchos consumidores aceptan créditos sin entender realmente el riesgo.
“Es mucho más frecuente de lo que pensamos. La mayoría se fija en el monto aprobado, no en si realmente puede mantener el pago dentro de su presupuesto”.
Cerrar esa brecha implica tres elementos:
Ofrecer información más clara sobre la capacidad de pago real;
Integrar señales externas que alerten sobre tensión financiera;
Fomentar educación que explique que el riesgo vive en el margen, no en el ingreso.