M+.- El reciente caso del tirador en Teotihuacán, Julio César, no sólo abrió una conversación sobre violencia, también expuso la forma en que fue incubada, amplificada y, en términos económicos, monetizada dentro del ecosistema digital.
En el mundo digital actual, el producto no es la red social, es la atención del usuario, y esa atención tiene un valor económico, que generó cerca de 500 mil millones de dólares a nivel global sólo en 2023, impulsada por plataformas como:
- Meta
- TikTok
- YouTube
- X
Lo anterior fue documentado por The Age of Surveillance Capitalism.
De acuerdo con información a la que MILENIO tuvo acceso, el modelo lo explican como "mayor tiempo de permanencia, más monetización".
Según diversos estudios de consumo digital, las personas pasan entre cinco y siete horas diarias en Internet, y casi la mitad de ese tiempo se concentra en redes sociales, cada segundo de atención se traduce en ingresos publicitarios.
El problema, desde una perspectiva económica, es qué tipo de contenido maximiza ese tiempo en Internet.
Internet alerta sobre posibles delitos
Por ejemplo, Julio César (el tirador de Teotihuacán) no apareció de la nada, pues durante años publicó contenido en redes sociales que, en otro contexto, habría encendido alertas, por ejemplo publicaba:
- Referencias a la masacre de Columbine (también ocurrida un 20 de abril pero de 1999).
- Simbología nazi.
- Contenido propio vinculado a violencia.
- Incluso el uso de Inteligencia Artificial (IA) para insertarse junto a perpetradores históricos.
La psicóloga Airlin Medrano comentó a MILENIO que "nada de eso fue invisible, ya que estuvo visto, consumido y, sobre todo, procesado por algoritmos".
Otro ejemplo lo muestra un estudio de CNN, relatado por la Asociación de Mujeres Vivas y Libres, que reveló la existencia de una academia de 'Violación Online', donde compartían consejos para dormir, grabar y agredir a mujeres mientras dormían o estaban inconscientes, el resultado fue, 62 millones de visitas en un mes, antes de ser descubierto.
¿Qué contenido genera más dinero en las plataformas?
Medrano explicó que en las plataformas digitales ni el contenido informativo ni el neutral impera, si no el "emocionalmente intenso", y a ello se suma que “el algoritmo que está diseñado para priorizar aquello que genera interacción y lo extremo detona reacción”.
Esta lógica coincide con lo planteado por la académica Shoshana Zuboff, quien ha documentado cómo el modelo de negocio digital se basa en la captura y explotación de la atención.
En términos de economía del comportamiento, las plataformas monetizan respuestas neuroquímicas: dopamina (placer inmediato) y cortisol (estrés).
Además, el miedo, la indignación o la comparación social generan más clics, comentarios y tiempo de permanencia que cualquier otro tipo de contenido.
Esto produce lo que los economistas llaman una “externalidad negativa”: las empresas obtienen beneficios, pero los costos deterioro de la salud mental, radicalización o normalización de la violencia, los absorbe la sociedad.
Según datos de ONU Mujeres, cerca del 38 por ciento de las mujeres han sido víctimas de violencia digital, mientras que el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) señala que dos tercios de niños y jóvenes reportan un aumento en el ciberacoso.
En otros hallazgos, uno de cada siete casos de violencia digital ocurre de forma recurrente, ya sea diaria o semanalmente.
En paralelo, el ecosistema digital también enfrenta riesgos estructurales: se estima que el 90 por ciento de los incidentes cibernéticos comienzan con ataques de phishing y que ocurre un ciberataque cada 39 segundos a nivel global.
El contenido violento no solo circula, retiene, engancha y, por tanto, genera ingresos.
¿El algoritmo aprende o amplifica la violencia?
En lo que representa uno de los debates centrales, investigaciones de University College London advierten que sí, los algoritmos son un reflejo de la sociedad, por lo que activamente amplifican sus peores dinámicas.
Desde el punto de vista técnico, los algoritmos aprenden de datos generados por humanos.
Si esos datos contienen sesgos, violencia o estereotipos, estos se replican, pero el diseño del sistema también importa.
Además, los sistemas de recomendación tienden a generar “cámaras de eco”, donde los usuarios reciben contenido que refuerza sus creencias. Esto no sólo distorsiona la percepción de la realidad, sino que puede acelerar procesos de radicalización.
El mecanismo lo explican como "si un usuario interactúa con contenido extremo, el algoritmo le mostrará más contenido similar", este efecto de amplificación puede llevar, en cuestión de días, a consumir narrativas cada vez más radicales.
El resultado es lo que algunos especialistas llaman “violencia automatizada” a un entorno donde la tecnología no solo distribuye contenido violento, sino que lo optimiza.
Ejemplos sobran, desde la propagación de discurso de odio en Myanmar —documentada por diversos medios internacionales— hasta la proliferación de deepfakes no consentidos, especialmente, dirigidos a mujeres.
Según reportes de organizaciones como eSafety, los sistemas de moderación también presentan sesgos: pueden censurar contenido neutral, como una imagen de lactancia, mientras permiten contenido sexualizado o violento.
¿Quién paga el costo de este modelo?
El costo no aparece en los estados financieros de las tecnológicas, pero sí en indicadores sociales.
Uno de los más visibles es la salud mental, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la ansiedad y la depresión aumentaron un 25 por ciento a nivel global tras la pandemia, con los jóvenes como el grupo más afectado.
En México, instituciones como el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el Instituto Nacional de Psiquiatría han identificado un incremento sostenido en consultas por ansiedad y depresión.
Según datos del instituto nacional de Estadística y geografía (Inegi), los suicidios han mostrado una tendencia al alza, particularmente, entre personas de 15 a 29 años.
Este deterioro también tiene implicaciones en donde las empresas han comenzado a tratar la salud mental como un tema de productividad.
De acuerdo con estudios corporativos, el 60 por ciento de las compañías que implementan programas de bienestar reportan mejoras en el clima laboral.
Así, la salud mental deja de ser sólo un tema médico y se convierte en un componente estratégico del negocio.
"Sin embargo, existe una brecha importante: en México, sólo el 46 por ciento de las personas que necesitan atención psicológica pueden acceder a ella, principalmente, por razones económicas", detalla el Inegi.
Esto genera una paradoja: mientras la economía de la atención crece y monetiza el comportamiento humano, los costos derivados —como la atención psicológica— recaen en individuos y sistemas públicos.
¿La violencia también es un producto global?
En México, el 74 por ciento de las armas recuperadas en escenas del crimen provienen de Estados Unidos, de acuerdo con datos oficiales.
Esto refleja una dinámica más amplia, pues en el norte concentra consumo, financiamiento y plataformas digitales; la periferia absorbe los efectos más visibles, como la violencia física.
Desde una perspectiva económica, esto se acerca a una división internacional del trabajo: unos mercados generan valor a partir de la atención, mientras otros enfrentan los costos sociales.
Al mismo tiempo, la violencia también se produce culturalmente, pues la industria del entretenimiento ha jugado un papel en la construcción de narrativas donde el agresor se convierte en protagonista, como lo plantea Michel Foucault, los individuos se construyen dentro de los discursos disponibles.
En ese contexto, cuando el odio se convierte en contenido y las publicaciones en identidad, la violencia deja de ser marginal y se integra al consumo cotidiano.
El caso del tirador en Teotihuacán no es un hecho aislado, sino un punto de entrada para entender cómo este modelo puede escalar consecuencias fuera de la pantalla.
Como resume la especialista Airlin Medrano, “lo que vemos como un acto súbito suele ser el resultado de años de interacción con entornos digitales que premian lo extremo”.
La pregunta de fondo no es sólo cuántos casos similares pueden existir, sino si el modelo actual tiene incentivos para cambiar.
Mientras la atención siga siendo el activo más valioso, y la emoción extrema el contenido más rentable, la economía digital seguirá operando bajo la misma lógica: maximizar el tiempo, sin necesariamente hacerse cargo del costo.
KL
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